Cruzando una línea mortal 

La psique choca con la psicosis en esta fascinante novela que explora la vida, la muerte y la zona oscura existente entre ambas. 

Sinopsis: Theo Nikonos, antiguo detective, hace ahora determinados «trabajos» para el profesor DeBray, del Instituto de Investigación de Fenómenos Anabióticos. En sus viajes, ha visto muertos de todos los tipos, y esta vez la persona en la que centra su interés es una bella mujer que falleció unos meses atrás en un accidente de tráfico. Un caso triste, sin duda… y que se pone interesante cuando ella abre los ojos y le pregunta «¿Quién eres?». «Un amigo», responde él. Así empieza la historia de Laura y Theo, dos personas unidas por el amor y la muerte: Laura, desesperada por encontrar a su marido, supuestamente muerto en el mismo accidente que ella; Theo, dispuesto a hacer cualquier cosa por Laura… como arriesgar sus principios, sus creencias, o incluso su propia vida. 

 «Valtos explora el mundo que se oculta tras la muerte, un tema que ha inquietado a grandes autores, desde la afamada escritora de ciencia ficción Connie Willis hasta Jason Mott, cuya obra se ha transformado en la exitosa serie de TV ‘Resurrection’». Publishers Weekly 

«Valtos ha construido una novela de misterio y asesinatos de corte muy negro en la que su personaje transita a tientas por la senda que separa la vida de la muerte». Literary Times

«El autor sugiere que la verdad, tanto en esta novela de misterio como en el misterio de la vida, suele ser mucho más compleja de lo que la ciencia admite». P. Ritter, Rain Taxi 

«He disfrutado mucho con esta historia que se divide entre el amor y el horror, pero es todo suspense. Me han fascinado la temática, los villanos cuidadosamente pincelados y el fantástico final. Una novela imprescindible». Amazon 

Sobre el autor: William M. Valtos asegura que decidió que quería ser escritor cuando estaba en primaria. Le publicaron su primer artículo en una revista nacional cuando contaba con tan solo catorce años, y con el tiempo acabó siendo reportero y editor de un premiado periódico de las Fuerzas Aéreas. A eso le siguieron varios años trabajando en publicidad, donde también consiguió diversos premios. Publicó su primera novela en 1989, Resurrection, obra que se convirtió en la película de televisión Muerte aparente. Después vendrían El psicólogo de los muertos, La Magdalena y La reliquia de Rasputín (en La Factoría de Ideas).
Sinopsis: En 1909 abrieron sus puertas en Oxford Street, en medio de una colosal campaña publicitaria, los grandes almacenes Selfridge’s, los primeros de Londres. Detrás de tan elegante fachada estaba Harry Gordon Selfridge, el gran genio estadounidense. Empresario inconformista y arriesgado, dandi y el mayor showman que ha conocido el mundo del comercia, la clave de su éxito fue despertar la seducción por las compras. Y así como crecieron su éxito y su fama, también lo hizo su estilo de vida: mansiones, yates, juegos de azar, caballos de carreras… y amantes. Desde el glamour de la Inglaterra eduardiana y los excesos embriagadores de los años veinte hasta hoy en día, los grandes almacenes Selfridges han sido un gran teatro que levanta el telón todas las mañanas a las nueve en punto. 

Crítica: En apenas una semana han fallecido dos de los principales hombres de negocios españoles, Emilio Botín, presidente del Banco Santander; e Isidoro Álvarez, presidente de El Corte Ingles. Al contrario que el banquero de Cantabria, quien se caracterizaba por una estrecha relación con los medios de comunicación; Isidoro Álvarez siempre fue un gran desconocido por su carácter discreto. Durante los veinticinco años que estuvo presidiendo los grandes almacenes, rechazó cualquier protagonismo, pese a ser el principal responsable de convertir el negocio de su tío en un referente de la distribución comercial española. La expansión y diversificación de la marca, la creación de la tarjeta de El Corte Ingles- la primera tarjeta de crédito que permitía a los consumidores españoles el pago a plazos de sus compras- o la política de devolución –“Si no queda satisfecho le devolvemos su dinero”- transformaron por completo nuestra forma de comprar. Y aunque Isidoro Álvarez era un visionario, la mayoría de los cambios no resultaban novedosos en otros países como Francia, Estados Unidos o Gran Bretaña, debido a un solo hombre, Harry Gordon Selfridge. 

«Harry Gordon Selfridge colocó el departamento de perfumería y cosmética justo a la entrada del establecimiento, un movimiento que cambió para siempre la disposición del espacio de venta. Selfridge transformó el escaparatismo en una forma de arte, fue pionero en cuanto a las ofertas y desfiles de moda (…) Por encima de todo, fue capaz de divertir a sus clientes. En una época en la que no había radio ni televisión, cuando el cine se hallaba en pañales, Selfridge’s, en Oxford Street, ofrecía a sus clientes una forma de entretenimiento tan fascinante como la de cualquier museo de ciencias, con tanto o más glamour que cualquier teatro de variedades. Al brindar a sus clientes un “único día de rebajas”, Harry Selfridge podía jactarse de que, tras la abadía de Wesminster y la Torre de Londres, su tienda era “la tercera atracción turística más importante de la ciudad”. La gente podía comprar buena parte de lo que necesitaba en Selfridge’, así como muchas cosas que ni siquiera era consciente de necesitar hasta que se dejaba seducir por sus atractivos expositores». 

 La novela biográfica de Lindy Woodhead nos permite conocer no solo la vida, tanto profesional como personal, de este pionero de los grandes almacenes y las compras; también el contexto histórico, político, económico y, sobre todo, social de finales del siglo finales XIX hasta mediados del XX. Un período caracterizado por importantes cambios en todos los ámbitos que tendían a reflejarse en el consumo a través de detalles como la forma de vestir de las mujeres o el estilo de música predilecto entre los jóvenes. 

 A pesar de que alude los múltiples affaires y otros escándalos asociado a la polémica figura de Harry Gordon Selfridge, la autora rechaza cualquier sensacionalismo para centrarse en la auténtica revolución que supusieron la apertura de Selfridge’s en Gran Bretaña. Estos grandes almacenes se convirtieron en un icono para todos los londinenses, cambiando por completo el panorama de la ciudad en todos los niveles. 

«Mr. Selfridge» reconstruye con gran precisión el contexto de aquella época gracias al exhaustivo proceso de documentación previo realizado por Lindy Woodhead, permitiéndonos conocer en primera persona todos los detalles de aquella época, repleta de anécdotas hasta ahora desconocidas por la mayoría. Una novela tan fascinante como la figura en la que se inspira, tan atractiva como los escaparates de Selfridge’s y tan irresistible como los precios de su «sótano de las oportunidades». 

Es cierto que en determinados capítulos, la autora tiende a excederse en los pormenores del contexto -como la reiterativa mención de las familias nobles inglesas y su extenso patrimonio-; pero Harry Gordon Selfridge es siempre el protagonista por excelencia, aunque no se le mencioné directamente durante sucesivas hojas. 

 De hecho, la novela «Mr. Selfridge» podría considerarse el homenaje póstumo literario por excelencia al hombre que convirtió irse de compras –o el shopping- en toda una experiencia que, en cierta forma, nos recuerda a «El Gran Gatsby» (F. Scott Fitzgerald) por su increíble éxito empresarial, su lujoso estilo de vida y, finalmente, su trágico declive. 

LO MEJOR: La exhaustividad el recrear no solo la biografía, tanto profesional como personal, de Harry Gordon Selfridge, sino también del contexto. La posibilidad de conocer gran multitud de anécdotas -hasta ahora desconocidas- de aquella época. Lindy Woodhead huye de los sensacionalismos relacionados con el protagonista para centrarse en su faceta como hombre de negocios y su influencia para transformar la forma de comprar. 

LO PEOR: En algunos capítulos, la autora tiende a excederse en los pormenores del contexto. La novela está orientada exclusivamente para personas interesadas en temáticas tan concretas como la publicidad, la moda o la historia. El desconocimiento general sobre la figura de Harry Gordon Selfridge hasta la serie de televisión. 

Sobre el autor: Lindy Woodhead trabajó como periodista, relaciones públicas de un estudio cinematográfico y publicista de moda 8esto último para Browns, en South Motion Street) antes de fundar en 1974 su propia agencia, mediante la cual ha representado a dinseñadores de moda internacionales y marcas de escala mundial, incluidas Karl Lagerfeld, Yves Saint Laurent, Louios Vuitton, Garrard & Co. Y Ferragamo. A finales de la década de 1980, Lindy también fue la primera mujer en pasar a formar parte del consejo de administración de Harvey Nichols. En 2000, a los cincuenta años, Lindy se retiró para desarrollar su carrera como escritora. Su primer libro, War Paint, se publicó en 2003 y ha sido objeto de un documental televisivo de alcance internacional. Lindy está casada y tiene dos hijos. Vive a caballo entre el suroeste de Londres y el suroeste de Francia.
El cristal menos frágil 

Tres hermanas desafían las estrictas convicciones sociales de finales del siglo XIX en un pequeño pueblo de Lauscha, en Turinga, demostrando a sus habitantes que el oficio de soplar vidrio no es solo para hombres. 

La novela se inspira en una historia real sobre la creación de los primeros adornos navideños, recreando con gran precisión el contexto, así como la ardua vida de los artesanos, sus dificultades y rivalidades, pero también sus fiestas y pequeñas alegrías del día a día. 

Sinopsis: Tras la muerte inesperada de su padre, soplador de vidrio, las tres hermanas Johanna, Ruth y Marie no saben cómo se las arreglarán, pues el oficio de artesano del vidrio está vetado a las mujeres y ellas solo eran ayudantes. 

Un artesano rival les ofrece trabajo en su taller, pero no lo aceptan y pronto empiezan las dificultades. Johanna es acosada por su jefe en su empleo en una botica, Ruth se casa con un hombre violento, y Marie, que tiene un gran talento elaborando preciosos objetos de cristal, siente que nadie aprecia sus diseños. 

Finalmente, el providencial encuentro con un comerciante americano dará salida a las hermosas creaciones de Marie, pero tendrán que luchar contra las muchas adversidades que se presentan para cumplir su sueño de independencia y libertad. 

Sobre la autora: Petra Durst-Benning es una de las autoras más queridas y prolíficas de Alemania. Licenciada en traducción, comenzó a escribir ensayo hasta que se decidió por la ficción, con la que ha llegado a vender más de dos millones de ejemplares. La artesana del vidrio es su gran best seller.
Sinopis: La carretera transcurre en la inmensidad del territorio norteamericano, un paisaje literalmente quemado por lo que parece haber sido un reciente holocausto nuclear. Un padre trata de salvar a su hijo emprendiendo un viaje con él. Rodeados de un paisaje baldío, amenazados por bandas de caníbales, empujando un carrito de la compra donde guardan sus escasas pertenencias, recorren los lugares donde el padre pasó una infancia recordada a veces en forma de breves bocetos del paraíso perdido, y avanzan hacia el sur, hacia el mar, huyendo de un frío «capaz de romper las rocas». 






Crítica:
Run through forests
On a hot Summer day
Trying to break down
Walls of numbing pain
Give me the freedom to destroy
Give me radioactive toy

Caminan bajo un cielo de ceniza hacia un mar muerto en una tierra sin vida. Un padre y su hijo. Un carrito del supermercado con todas sus posesiones, insuficientes. Una bala. El frio y el hambre cada vez mayores. La tentación de la carne que jamás deben probar. El intenso dolor de pecho que impide respirar el aire todavía más envenenado que sus pulmones. La tos seca como el sonido de la vegetación ardiendo por el fuego del hombre. Un esputo sanguinolento sobre el asfalto ya no transitado, excepto por ellos y otros con los que no desean encontrarse. La esperanza…

«La carretera» es una novela postapocalíptca que nos describe el peregrinaje de un padre y su hijo a través de un paisaje estéril en su lucha por la  supervivencia. Cormac McCarthy nos narra de forma desgarradora el viaje de ambos personajes, ofreciéndonos un relato desesperanzador acerca del comportamiento del hombre en situaciones extremas y, al mismo tiempo, conmovedor por esta relación paternofilial.

Taste the water
From a stream of running death
Eat the apple
And cough a dying breath
Give me the freedom to destroy
Give me radioactive toy

El escritor estadounidense opta por un relato ininterrumpido, sin capítulos, para ilustrar el fatigoso viaje del padre y su hijo por un mundo reducido a las cenizas del recuerdo. La imposibilidad del lector para establecer pausas durante la lectura permite identificarse con los protagonistas, quienes avanzan sin descanso hacia un destino incierto, pues el mar al que dirigen sus pasos de pertenece al pasado del padre, ahora destruido sin que lleguemos a conocer jamás la causa, solo las consecuencias.

Sin embargo, la esperanza de proporcionar un futuro mejor a su hijo, quien no debería haber nacido ni conocido mundo como aquel -en el que los escasos supervivientes recurren con frecuencia la antropofagía ante la falta absoluta de alimento-, es lo único que le permite seguir caminando. Precisamente, el deseo de preservar la inocencia del niño le lleva a cometer actos egoístas, incluso violentos. Una contradicción de sentimientos apreciable en la negativa del autor a referírsele como «su hijo», siempre «el niño». Es decir, el padre pretende establecer una separación emocional para no vacilar llegado el momento de apretar el gatillo.

De hecho, adviértase que los escasos diálogos entre ambos son reiterativos, basados en monosílabos hasta convertirse prácticamente en monólogos carentes de significado, solo palabras pronunciadas en voz alta para que parezcan más reales. Y es que la imposibilidad de hablar sobre el pasado –los escasos recuerdos del padre sobre su propia infancia, el incierto desastre que originó aquel «invierno nuclear» o el abandono de la esposa y madre- y la incertidumbre de su propio futuro les obliga a centrarse en el desolador presente, al silencio de quienes no tienen nada que decirse  ni mayor relación que la establecida por las circunstancias. Al fin y al cabo, «cualquiera puede ser padre, pero sólo un hombre de verdad merece ser llamado papá».

Feel the sun
Burning through your black skin
Pour me into a hole
Inform my next of kin
Give me the freedom to destroy
Give me radioactive toy

Precisamente, ese egoísta deseo por mantener al niño vivo únicamente para tener una razón que justifique su propia existencia conlleva un exceso de protección le impide aprender, a valerse por si mismo, a sobrevivir. El padre convierte a su hijo en un ser dependiente de su figura. Es posible que algunos interpreten sus acciones como la necesidad de salvaguardarlo de la violencia, pero la negativa de dejarlo crecer, de permitirle seguir percibiendo el mundo a través de la ingenuidad –no de inocencia- infantil provoca que sea aún más débil y, por ende, más dependiente. Y es que resulta demasiado simple dividir a las personas en exclusivamente dos categorías, «buenos» y «malos», sin posibilidad de ambigüedad al interpretar sus acciones.

No obstante, McCarthy  evita la tediosidad en su novela – a consecuencia de la reiteración de escenas y el ritmo pausado de la narración- intercalando su arduo peregrinaje con escenas que nos hacen perder cualquier esperanza en el ser humano. El escritor estadounidense sitúa a sus personajes en una situación límite para mostrarnos sus reacciones cuando todo su mundo queda reducido a la satisfacción de las funciones más básicas; en especial, la necesidad de encontrar comida en un mundo yermo, en el que la tierra es incultivable por la gruesa capa de ceniza que la cubre o la ausencia de animales, bien porque han emigrado a otras regiones del país- e incluso del planeta- o han perecido en este eterno invierno gris. Aquí es cuando nos ofrece el retrato más descarnado de la humanidad, las imágenes provocan un fuerte impacto en el lector, tanto por lo que se nos describe como por la forma de hacer. Y es que McCarthy los narra en un tono neutro, de absoluta normalidad ante la brutalidad de la que somos testigos, incremento su efecto desmoralizador.

Run through graveyards
On a dusty winter day
Spit the dirt out
And try to say
Give me the freedom to destroy
Give me radioactive toy (1)

De este modo, conforme avanzamos por «La carretera» crece nuestra impotencia ante el recuerdo de un mundo ahora inexistente mientras avanzamos fatigosamente hacia un futuro todavía más incierto que el desalentador presente en el que intentamos sobrevivir, aunque carezcamos de razones para hacerlo. Cormac McCarthy nos ofrece una novela desesperanzadora, un relato de supervivencia extrema sobre la pérdida de nuestra humanidad y, en especial, la lucha de un padre por preservar la esperanza para dar un significado a la vida de su hijo en un planeta que la perdió hace demasiado tiempo. A pesar de las contradicciones en la personalidad de sus dos protagonistas –y, sobre todo, de su comportamiento ante determinadas circunstancias-, «La carretera» se extiende ante nosotros, inmutable, con un desalentador mensaje que no dejara indiferente al lector en su arduo avance hacia ninguna parte.



(1) Letra de Radioactive toy, Porcupine Tree.

LO MEJOR: La estructuración de la novela en un único párrafo impide al lector realizar pausas, transmitiendo de forma metafórica el desaliento de sus protagonistas. La descripción de un planeta árido, cubierto de ceniza y muerte, sin esperanza. La simbología de los diálogos y otros detalles asociados a la relación entre padre e hijo. El distanciamiento narrativo incrementa el demoledor efecto de las escenas más crudas.

LO PEOR: Las incoherencias en el comportamiento de los dos personajes principales. La excesiva ingenuidad del hijo no resulta congruente en el contexto, pese a la sobreprotección paterna. «La carretera» no es la clásica  novela postapocalíptica, muchos lectores aficionados del subgénero pueden desilusionarse ante la auténtica complejidad del planteamiento pese a su apariencia sencilla.


Sobre el autor: De nombre Charle McCarthy, se trasladó con cuatro años a Knoxville, y estudió Humanidades en la Universidad de Tennesee, estudios inconclusos pues ingresó en la Fuerza aérea en la que estuvo cuatro años. Tras ello, intentó de nuevo, sin éxito, terminar sus estudios. Marchó a Chicago comenzando a publicar en 1965. Viajó dos veces por Europa gracias a sendas becas, y se casó tres veces. Tras su último matrimonio marchó a vivir a Nuevo México, no conociéndose muchos datos de él por la celosa reserva de su intimidad. Trabaja también como guionista cinematográfico, y varias de sus obras han sido adaptadas al cine. Ha obtenido varios premios, destacando el Pulitzer de novela en el año 2007.
Sinopsis: La segunda guerra mundial no sólo se cobró vidas humanas: el patrimonio artístico europeo fue también víctima de la barbarie nazi, que ejerció de forma sistemática el pillaje y el saqueo de obras de arte de todo tipo, incluidos cuadros de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Van Dyck y Vermeer, robados para Hitler y otros dirigentes del nacionalsocialismo. En total, más de cinco millones de objetos fueron confiscados y trasladados a los territorios del Tercer Reich durante los primeros años de la guerra.

Para evitar la desaparición y el deterioro de ese enorme legado cultural, cuando la guerra encaraba su fase decisiva los aliados crearon la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, en la que hasta 1951 trabajaron algo más de trescientas personas de trece países distintos. En su mayoría no eran militares, sino directores de museos, conservadores, historiadores y profesores de arte que utilizaron sus conocimientos para recuperar, catalogar y devolver a su legítimo lugar cuadros, esculturas y retablos, y para proteger abadías, iglesias y otros edificios históricos de los estragos de la guerra.

Los miembros de la sección de Monumentos, conocidos como 
Monuments Men, encararon en aquellos años cruciales una carrera contrarreloj para salvar tesoros culturales de la destrucción, ejerciendo a menudo una labor detectivesca a través de documentos recuperados en catedrales bombardeadas y museos, y gracias a pistas conseguidas con la ayuda de la población local. Se convirtieron de este modo en héroes improbables sumergidos en el epicentro de la peor guerra del siglo XX, que arriesgaron sus vidas y en algunas ocasiones la perdieron, y que, como tantos otros que vivieron aquella época, personificaron el coraje que permitió que la mejor humanidad derrotara a la peor.

Crítica: Entre las ruinas de un futuro destruido por los bombardeos y tanques del enemigo, yace también sepultado el pasado de un pueblo ahora sin identidad. Los conflictos bélicos  no solo implican la pérdida de vidas humanas irremplazables, asimismo el patrimonio cultural e histórico se convierte en otra víctima de estos enfrentamientos armados. Sin embargo, la pérdida de estos monumentos no posee la misma trascendencia que la matanza de civiles en las zonas en guerra, especialmente cuando los muertos son mujeres y, en especial, niños. Con todo, caminando entre los restos carbonizados del zoco medieval de Alepo (Siria); los restos derruidos de las escasas mezquitas palestinas que habían conseguido resistir los ataques del ejército israelí; o las vitrinas vacías en los principales museos de El Cairo (Egipto) tras los saqueos de la primavera árabe, cabe preguntarnos si el precio que estamos pagando por la «libertad» no es demasiado alto.

Conscientes de la importancia de conservar este pasado para las futuras generaciones, se constituyó «The Monuments Men» -o también conocidos como los soldados del arte-.  Durante la Segunda Guerra Mundial, trescientos hombres y mujeres –la mayoría académicos sin formación militar ni recursos materiales y humanos para desarrollar su misión- arriesgaron su vida para preservar, e incluso recuperar el patrimonio artístico europeo ante el codicioso avance de las tropas alemanas.

Si recordamos, Hitler era un artista y arquitecto frustrado tras el rechazo de su solicitud para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena. En su opinión, el comité de experto estaba constituidos por judíos que, con su negativa, lo condenaron a la miseria más absoluta durante una década. Posteriormente, y durante el ascenso del Tercer Reich, realizó una visita a Italia invitado por su aliado fascista Benito Mussolini. Las ciudades de Roma y Florencia consolidaron su idea de crear un imperio, sino también su propio destino pues «no había sido llamado a crear, sino a reconstruir. A expurgar para después recomponer. A convertir Alemania en un imperio, el mayor que el mundo hubiera visto. El más fuerte, el más disciplinado, el de más pura raza. Berlín sería su Roma, pero un verdadero artista-emperador necesitaba una Florencia. Y él sabía donde construirla». En la ciudad de Linz, Austria, donde se erigiría el Führermuseum, el mayor, imponente y espectacular museo de arte del mundo. Sin embargo, las instalaciones diseñadas por Albert Speer requerían una formidable colección artística que no disponían. De ahí las confiscaciones y saqueos no solo a la población judía, sino también a los países invadidos por su ejército a fin de cumplir los sueños imperialistas de su Führer.

Robert M. Edsel permite conocer el trabajo desarrollado por «The Monuments Men», poniendo en conocimiento del lector uno de los episodios más desconocidos –e infravalorados- de la Segunda Guerra Mundial a través de documentos oficiales, cartas personales y testimonios de los hombres que constituyeron aquel primer grupo de hombres dispuestos a sacrificar sus vidas presentes por un futuro donde el pasado tuviera un lugar más allá del recuerdo destruido. A pesar de ello, nos encontramos ante una reconstrucción parcial de los acontecimientos narrados, pues el propio autor reconoce en su prólogo que el libro se centra exclusivamente en los grupos estadounidenses y británicos, mencionado muy brevemente, por ejemplo, la división italiana que sufrió penurias mayores a la de sus homólogos ante la inmensidad del patrimonio a proteger y la absoluta falta de apoyo de sus autoridades.

Precisamente, la falta de objetividad del autor, que tiende a glorificar no solo las acciones, sino también a determinados miembros acaba por conseguir el efecto contrario, la animadversión hacia estos soldados de arte. Y es que resulta incoherente dedicar tanto espacio a la biografía personal y profesional de todos y cada uno de ellos cuando después la mayoría apenas tiene verdadero protagonismo, como el Mayor Ronald Edmund Balfour o los soldados Harry Ettlinger y Lilcoln Kirstein.  En realidad, Robert M. Edsel tiende a centrarse en el capitán Walker Hancock y el teniente George Stout, un menosprecio a la labor desarrollada por los demás integrantes de «The Monuments Men».

Además, el autor realiza constantemente juicios de valor, estableciendo claramente una división prejuiciosa entre los «buenos» –estadounidenses, ingleses, y en menor medida franceses- y los «malos»- alemanes, y posteriormente los rusos comunistas-. Es cierto que las tropas hitlerianas cometieron crímenes abominables durante el conflicto, pero describir a los ejércitos que lucharon contra ellas –y todos sus soldados- como hombres  de coraje, honor y respeto resulta hipócrita.  Durante la reconquista de Francia, miles de mujeres fueron violadas por los soldados estadounidenses, a quienes les vendieron el país galo como un auténtico burdel de mujeres fáciles deseosas de caer en los brazos –y satisfacer- a las tropas liberadoras. Es más, recordemos que Anthony Burguess escribió su novela más famosa, «La naranja mecánica», después de que su mujer embarazada fuese agredida sexualmente por un contingente estadounidense que asaltó la casa del escritor inglés.

Si leemos el libro con detenimiento, Robert M. Edsel solo menciona dos episodios: la destrucción de una colección privada abandonada por un general nazi y la violación a una joven alemana. En el resto de la novela resulta imposible encontrar cualquier referencia a un comportamiento incivilizado a fin de no perjudicar su imagen.  Nuevamente, el patriotismo del autor se antepone a la veracidad de los acontecimientos, convirtiendo «The Monuments Men» en material meramente propagandístico con el que enarbolar la bandera de barras y estrellas fuera de sus fronteras, tal y como sucedió hace pocos años con la invasión de Afganistán o Irak. 

En definitiva, «The Monuments Men» es la visión parcial y subjetiva de su autor sobre uno de los episodios más desconocidos- aunque relevantes- de la Segunda Guerra Mundial que, con objeto propagandístico, no nos hubiese extrañado leer en algún párrafo Sadam Hussein u Osama Ben Ladem en vez de Adolf Hitler, o las ciudades de Kabul o Bagdad sustituyendo a las ciudades de Linz e incluso la propia Berlín. Los prejuicios de Robert M. Edsel  y el excesivo patriotismo de la prosa convierten su novela convertida en ruinas literarias irrecuperables incluso para los propios soldados del arte.

LO MEJOR: La oportunidad de conocer uno de los episodios más desconocidos –e infravalorados- de la Segunda Guerra Mundial.

LO PEOR: La visión parcial de la historia, basándose en prejuicios y el excesivo patriotismo de su autor. La hipocresía de no mencionar los crímenes cometidos por las tropas estadounidenses.


Sobre el autor: Robert M. Edsel (1956), empresario petrolífero de éxito, decidió un día dedicar su vida a la divulgación del legado de los hombres de la sección de Monumentos. Es el fundador de la Monuments Men Foundation for the Preservation of Art, que recibió en 2007 la medalla nacional de Humanidades de Estados Unidos, y coproductor de The Rape of Europa, un documental, ganador de varios premios, sobre el expolio nazi. Es también autor de Rescuing Da Vinci, un repaso a lo ocurrido a través de fotografías de la época. La versión cinematográfica de The Monuments Men, que dirige y protagoniza el oscarizado George Clooney, se espera se estrenó en 2013.
Sinopsis: Kris Kelvin acaba de llegar a Solaris. Su misión es esclarecer los problemas de conducta de los tres tripulantes de la única estación de observación situada en el planeta. Solaris es un lugar peculiar: no existe la tierra firme, únicamente un extenso océano dotado de vida y presumiblemente, de inteligencia. Mientras tanto, se encuentra con la aparición de personas que no deberían estar allí. Tal es el caso de su mujer —quien se había suicidado años antes—, y que parece no recordar nada de lo sucedido. Stanisław Lem nos presenta una novela claustrofóbica, en la que hace un profundo estudio de la psicología humana y las relaciones afectivas a través de un planeta que enfrenta a los habitantes de la estación a sus miedos más íntimos.





Crítica:
Words are flowing out like endless rain into a paper cup
They slither while they pass they slip away across the universe
Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind
Possessing and caressing me
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Images of broken light which dance before me like a million eyes
They call me on and on across the universe
Thoughts meander like a restless wind inside a letter box
They tumble blindly as they make their way across the universe
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Sounds of laughter, shades of love are ringing through my opened ears
Inciting and inviting me
Limitless undying love, which shines around me like a million suns
And calls me on and on across the universe
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Posiblemente, el lanzamiento de la canción de The Beatles, «Across the Universe», es el intento más anecdótico –y poético- realizado por la agencia especial para establecer el ansiado contacto con una raza alienígena. Durante la celebración de su cincuenta aniversario, la NASA envió una señal auditiva con el célebre tema del grupo británico en dirección a la estrella Polaris, con la esperanza de conseguir una respuesta. Sin embargo, el silencio del universo solo es interrumpido cuando suenan las voces de Paul McCathey y John Lennon, sin que –en apariencia- haya nadie para escucharla.

El mensaje de Arecibo, el disco de oro de las Voyager, la placa de la Pioneer son tres ejemplos de la larga lista de infructuosas misiones especiales para demostrarnos que no estamos solos en el cosmos. Una obsesión acrecentada con la llegada del hombre a Marte, así como las pruebas que demuestran la capacidad del planeta rojo para albergar vida en el pasado. No obstante, pese a las numerosas teorías y reiterados –y costosos- intentos por contactar con otras civilizaciones, pocos son los que se han planteado las consecuencias que implicaría el conseguirlo.

Stanislav Lem reflexiona sobre esta cuestión a través del estudio del planeta «Solaris», formado por un inmenso océano protoplasmático –es decir, compuesto por una alta acumulación de substancias químicas disueltas en sus aguas- y un sistema binario de estrellas- dos soles, uno rojo y otro azul-. Durante la novela, el autor polaco alterna la narración de Kris Kelvin –un psicólogo enviado para analizar el extraño comportamiento de la tripulación en la única estación de observación- con fragmentos acerca de las investigaciones previas realizadas al planeta y- en concreto- su océano.



En este aspecto, «Solaris» difiere significativamente de otras novelas del género, en especial aquellas de procedencia anglosajona. Stanislav Lem dota a la historia de una sólida base científica que incrementa notablemente la credibilidad del relato ante el lector. «Solaris» bien podría clasificarse como un complejo ensayo acerca de importantes cuestiones metafísicas, pues nos plantea la viabilidad de separar el pensamiento de la materia. Es decir,  la existencia de una conciencia individual independiente de un cuerpo físico para garantizar su supervivencia.

De ahí la importancia de comprender el océano solariano, auténtico protagonista de la novela. A pesar de que la mayoría de la acción transcurra en la estación de observación, comprobamos la omnipresencia de este inmenso organismo y la influencia ejercida sobre sus tripulantes tras el «contacto» con esta entidad. Es entonces cuando Stanislav Lem profundiza en la psique humana a través de los «visitantes», recuerdos encarnados mediante el acceso al subconsciente cuando el equipo científico duerme.

Cuando Kelvin se reencuentra con Harey, su fallecida esposa, observamos un cambio en el tono de la novela. Si antes predominaba el carácter académico de la narración con detalladas descripciones acerca de las primeras exploraciones del océano, así como las divergentes teorías surgidas a partir de estos estudios inconclusos; después de los primeros encuentros entre ambos se vuelve un relato más intimista –o si lo preferís, más humano-.

Stanislav Lem analiza las consecuencias de un posible contacto a través de sus personajes humanos, pues comprobamos que la evolución de sus sentimientos hacia los  «visitantes» - miedo, rechazo, vergüenza, aceptación, etcétera- son perfectamente extrapolables al conjunto de nuestra especie.

Otro detalle muy significativo el intercambio de impresiones entre Kelvin, Snaut y Sartorius que llegan a plantearse precisamente el concepto de «humanidad» asociándolo con la existencia de pensamiento racional. Adviértase que, en principio, los dos únicos tripulantes rechazaban la presencia de Kelvin ante la posibilidad de que fuese un «visitante». Esa imposibilidad para distinguir entre lo «real» y el «sueño», entre el pensamiento consciente y el subconsciente –o los tres estados del  «yo»- nos obliga a plantearnos otras formas de inteligencia diferentes a la nuestras y, evidentemente, superiores. No obstante, esa superioridad se basa en nuestra propia incapacidad para comprenderla. De ahí que Stanislav Lem nunca nos revelé la identidad de los «visitantes» de Snaut y Sartorius, porque sería necesario conocerlos hasta un nivel de pensamiento que incluso ellos desconocen.

Un buen ejemplo de estas afirmaciones son las impresionantes formaciones marinas sobre la superficie del océano. Los «mimoides» son construcciones arquitectónicas biológicas a los que el protagonista intenta atribuir semejanzas con formas terrestres, precisamente ante la necesidad de otorgarle un significado conocido, una interpretación humana.

Si bien, Solaris es quien demuestra un mayor esfuerzo por establecer contacto con nosotros mediante la evolución observada en los «visitantes», en especial con Harey, quien accede realiza un gran sacrificio frente al egoísmo de los tres hombres, tal y como evidencia el siguiente fragmento:

«La decisión de quedarnos en la Estación no tenía nada de heroico. El tiempo del heroísmo había quedado atrás; el tiempo de las grandes victorias interplanetarias, el tiempo de las expediciones audaces y los sacrificios. Fechner, primera víctima del océano, pertenecía al pasado remoto. Ya casi no me preocupaba por saber quién era el “visitante” de Snaut o de Sartorius. Pronto, me decía, dejaremos de tener vergüenza de aislarnos. Si no podemos desembarazarnos de nuestros “visitantes”, nos habituaremos a esa compañía, viviremos con ellos. Si el Creador modifica las reglas del juego, nos adaptaremos a las nuevas reglas, aun cuando nos resistamos al principio, aun cuando uno de nosotros cediera a la desesperación y se matara. Tarde o temprano, se restablecería cierto equilibrio.»

En definitiva, «Solaris» es una de las pocas novelas que podríamos clasificar como perfectas en su género. Stanislav Lem ofrece al lector una sólida reflexión científica sobre las consecuencias de un posible contacto con una especie extraterrestre superior sin incurrir en los tópicos de la literatura anglosajona, sino optando por un relato cercano e intimista que no descuida la visión «humana» de la historia. Un equilibrio perfecto en el que se abordan cuestiones metafísicas, teológicas y el psicoanálisis para obligarnos a deliberar sobre la auténtica condición humana. Y es que recordando la advertencia realizada por Stephen Hawking cuando se le preguntó ante la posibilidad de establecer contacto con otras formas de vida inteligente, respondió que debíamos evitarlo pues «Sólo debemos mirarnos a nosotros mismos para ver cómo la vida inteligente puede convertirse en algo que no quisiéramos conocer».

LO MEJOR: Absolutamente todo.

LO PEOR: La mayoría de los lectores optarán por las novelas de ciencia-ficción anglosajonas, más orientas hacia el entretenimiento.


Sobre el autor: Stanislav Lem fue un escritor polaco nacido en Lwów (actual Lviv, en Ucrania) el 12 de septiembre de 1921 y fallecido en Cracovia el 27 de marzo de 2006. Es uno de los autores polacos más importantes del siglo XX, habiéndose traducido sus obras a cerca del medio centenar de lenguas. Dentro del género de la ciencia ficción es considerado como uno de los grandes escritores de todos los tiempos, y uno de los pocos que no escribió su obra en lengua inglesa. Durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Resistencia a los ocupantes nazis, utilizando el sabotaje desde su puesto de soldador. Tras acabar Medicina empezó a publicar asiduamente, pese a la censura comunista. Lem escribió fundamentalmente, dentro de la ciencia ficción, sobre la tecnología y su uso futuro por la humanidad (por ejemplo en su popular Ciberiada) o sobre el contacto humano con formas de vida extraterrestres (siendo Solaris su novela más importante de esta temática).Solaris, su obra más leída y traducida, ha sido llevada dos veces al cine, en 1972 por Andrei Tarkovsky y en 2002 por Steven Soderbergh. 
Sinopsis: Publicada en 1896, entre «La máquina del tiempo» y «El hombre invisible», La isla del Dr. Moreau es una de las novelas más inquietantes de la literatura moderna, inscribiéndose de lleno en la crítica y ominosa intuición que H.G. Wells (1866-1946) desde muy pronto albergó respecto a los derroteros de la sociedad en la que le tocó vivir. La isla que da nombre al relato y los siniestros hechos de los que es escenario son, en efecto, una desasosegante parábola sobre el lado oscuro de la ciencia y también una sombría exploración de la esencia y los límites de la naturaleza humana.

Crítica: « (…) Entonces dijo Dios: “Produzca la tierra seres vivientes Según su especie: ganado, reptiles y animales de la tierra, Según su especie.” Y fue así. Hizo Dios los animales de la tierra Según su especie, el ganado Según su especie y los reptiles Según su especie. Y vio Dios que esto era bueno.

Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y tenga dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, el ganado, y en toda la tierra, y sobre todo animal que se desplaza sobre la tierra.” (…)» (Génesis 1:1-3:24)

A finales del siglo XIX, la comunidad científica británica debatía encarecidamente sobre la posibilidad de abolir la vivisección de animales. Los detractores la consideraban una tortura innecesaria que realmente pudiera favorecer el progreso científico, pues estas prácticas representaban un retroceso moral. El enfrentamiento entre defensores y censuradores  evidenciaba la paradoja evolutiva de nuestra especie, pues conforme hemos avanzado hacia la supremacía, renunciamos a nuestra humanidad hacia un estado salvaje, carente de cualquier responsabilidad ética sobre nuestros actos gracias a nuestra condición de dioses terrenales autoproclamados.

«La isla del Doctor Moreau» es una novela de ciencia-ficción en la que H. G. Wells reflexiona sobre los límites de la ciencia cuando la persona no pretende obtener otro beneficio que el personal, desoyendo cualquier implicación ética en sus investigaciones. Una temática que retomaría un año después con otra de sus obras más conocidas, «El hombre invisible».

La publicación estuvo acompañada de una gran polémica, siendo clasificada de morbosa, sensacionalista, entre otros calificativos. Además, se criticaba su falta de verosimilitud científica ante la posibilidad de que un hombre pudiese crear especies completamente nuevas mediante la alteración de su estructura básica introduciendo elementos de otras. O lo que hoy en día podría resumirse como ingeniería genética. Y es que los experimentos de Moreau siguen inspirando un amplio repertorio de historias en las que el hombre pretende emular la capacidad de su creador para dar vida -tal y como se hiciera “Frankestein” (Mary Shelley, 1818)- o cambiar la existente con objeto de satisfacer el propio ego, en libros o películas siendo «The Human Centripede» (Tom Hix, 2012) o «Tusk» (Kevin Smith, 2014) los ejemplos más recientes.

La novela empieza con un prólogo firmado por el sobrino y heredero del auténtico protagonista, Edward Prendick, quien afirma que este relato está extraído del diario escrito por su tío durante los once meses que estuvo desaparecido tras el naufragio de su barco. En este período de tiempo, Prendick nos describe su rescate por la tripulación del Ipecuanha, la relación del único pasajero a bordo –y su salvador- Montgomery, así como los primeros encuentros con su deforme sirviente, un nativo llamado M'ling. A pesar del rechazo que le provoca la visión aquel rostro de goyescos rasgos, Prendick no puede dejar de mirarlo ante la seguridad de haberlos visto antes en otra criatura.

Conforme avanza el relato, siempre narrado en primera persona, llegamos a la isla del doctor Moreau para descubrir los horrores que se realizan en «La casa del dolor». Allí, siempre amparándose en el ilimitado poder que la ciencia es capaz de proporcionar al hombre, la trastornada mente del científico realiza vivisecciones para dotar a los animales de «humanidad».

Las imágenes descritas por H. G. Wells amedrantan la racionalidad del lector en un despliegue de inquietante creatividad solo equiparable a la obras de artistas como Francisco de Goya, Jeroen van Aeken –o el Bosco-, Francis Bacon u Odilon Redon. El shock inicial se incrementa ante la elección inicial de escenarios nocturnos, en los que el predominio de las sombras del desconocimiento incita a una mayor confusión, tanto sobre el protagonista como en el lector, ante la incapacidad de identificar la auténtica forma de estas criaturas. La racionalidad de nuestra mente nos impide aceptar aquellos los sentidos perciben. La negación como única forma de protegernos ante la locura. Sin embargo, cuando hemos de aceptar la evidencia, la auténtica razón de que semejantes criaturas puedan realmente existir y –todavía peor- que uno de nosotros sea el responsable de su existencia, seguimos sin estar preparados para aceptar las implicaciones que conlleva. De ahí que Wells optase por formas cada vez más grotescas, entrelazando varias especies cuando previamente todas las criaturas se identificaban claramente con un único animal.

La intención del autor es abiertamente crítica, pues después de revelarle a Prendick la verdad acerca de los experimentos realizado en aquella isla, la ciencia no arroja luz sobre la inquieta moral del protagonista, sino todo lo contrario. A partir de entonces las escenas son mayormente diurnas, pero lo que se nos desvela resulta tan perturbador que hubiésemos preferido seguir viviendo entre las sombras, en el desconocimiento. Por esta razón los «humanimales» adquieren rasgos cada vez más exagerados, para recordarnos su horrible origen, así como su agónica existencia.

Es entonces cuando Wells profundiza acerca de las «diferencias» que nos conceden esa supremacía moral sobre el resto de las especies. Si analizamos con detenimiento la obra del escritor británico observamos la repetición de una serie de parámetros que tienen  por objeto la denuncia social, acorde con su ideología política de izquierdas. «La máquina del tiempo» menospreciaba la división jerárquica por clases sociales; «El hombre invisible» retomaba los límites éticos de la ciencia; y «La guerra de los mundos» representaba una alegoría contra colonización del Imperio Británico. En «La isla del doctor Moreau» pueden apreciarse la mayoría de estas temáticas, pues Moreau se muestra ante sus creaciones como una deidad terrenal, e incluso Montgomery muestra su ciega devoción a pesar del evidente rechazo hacia su «trabajo».

Obsérvese los constantes símiles entre el adoctrinamiento de Moreau con aspectos religiosos, desde las leyes que buscan reprimir los instintos salvajes de los «humanimales» -y que nos recuerdan a los diez mandamientos- hasta el discurso de Prendick sobre la capacidad del doctor para controlarlos, incluso después de la muerte –alusión a la muerte y resurrección de Jesucristo-.

Sin embargo, Wells no se limita a reprender el comportamiento del doctor, sino de toda la humanidad. La ciencia ha sustituido a la religión creando nuevos ídolos a los que se le conceden total impunidad a sus actos con la firme convicción de que obran para nuestro bien. Y cuando surgen las primeras voces críticas, rápidamente enmudecen ante la amenaza del rechazo social u otros terrores más primitivos, como el dolor basándonos en nuestro instinto de supervivencia. Curiosamente, serán los «humanimales» quienes demuestren un comportamiento más civilizado, pues durante su existencia animal desconocieron sentimientos tan propios de los seres humanos como el odio, la ira o la envidia. Estos engendros han sido obligados a renunciar a una coexistencia pacífica para convertirse en algo contrario a sus instintos. La civilización es represión, la obligación de adaptarse a unas leyes dictadas por hombres imperfectos con objeto de crear, paradójicamente, una sociedad perfecta. Adviértase esta ironía en los abusos sufridos por M'ling de la tripulación del Ipecuanha, quien posteriormente abandonaron nuevamente a Prendick en el mar pese a sus súplicas. O el pudor demostrado por las criaturas femeninas ante la presencia del nuevo huésped.

Es más, en los últimos capítulos de la novela Prendick menciona la percepción de rasgos salvajes en los habitantes de Londres. Si bien determinados lectores pudieran interpretar este detalle como el consecuente –y comprensible- deterioro mental del protagonista, nuevamente Wells alega a las evidentes semejanzas entre el hombre y el resto de especies. Al fin y al cabo, ¿no es cierto que el ser humano –u homo sapiens- desciende directamente del mono? ¿O acaso no tenemos más del 98% de nuestro ADN en común con los cerdos?

Si bien, no podemos evitar la sensación de encontrarnos ante la presentación de una novela con una premisa interesante, pero cuya brevedad impide el desarrollo completo de la trama. H. G. Wells realiza una sinopsis interesante sobre materias de gran complejidad por las cuestiones teológicas y metafísicas inherentes al argumento; con el obstáculo de que su propia prosa resulta misérrima  para el tratamiento de la historia a consecuencia de una narración temporal demasiado errática, en especial durante los últimos capítulos.

A pesar de ello, «La isla del Doctor Moreau» es una novela indispensable para todos los amantes de la ciencia-ficción. El cuestionamiento ético planteado por Wells hace reflexionar al lector sobre los límites de la ciencia - actual sustituto de la religión- y la responsabilidad que deben asumirse ante determinados descubrimientos, sin dejarse corromper por el poder de la falsa divinidad autoproclamada. Una magnífica alegoría sobre la decadencia social, la supremacía moral y, sobre todo,  la naturaleza violenta de nuestra especie.

LO MEJOR: Las cuestiones éticas planteadas por Wells. El inteligente uso de la iluminación de los escenarios, principalmente durante los primeros días de Prendick en la isla. El goyesco diseño de las criaturas conforme avanza la lectura. Los sutiles detalles que demuestran la ausencia de cualquier supremacía moral del ser humano sobre el resto de especies.

LO PEOR: La novela presenta una sinopsis interesante, pero la prosa de Wells resulta insuficiente para desarrollarla con la profundidad requerida. La narración temporal es errática, sobre todo en los últimos capítulos.

Sobre el autor: H. G. Wells nació en Bromley, Kent, como el tercer hijo varón de Joseph Wells y su esposa Sarah Neal. La familia, de la empobrecida clase media-baja de la época, lo llamaba Bertie. Tenían una tienda nada próspera comprada gracias a una herencia, en la que vendían productos deportivos y loza fina.

Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving.

Cuando su padre sufrió un accidente que le impidió ganarse la vida como lo había hecho hasta entonces, Herbert y sus hermanos comenzaran a emplearse en diversos oficios. Fue así como, entre 1881 y 1883, llegó a ser aprendiz de una tienda de textiles llamada Southsea Drapery Emporium: Hyde's, experiencia que se ve reflejada en sus novelas.

En su juventud, Wells recibió una beca para poder estudiar biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.

Debido a su falta de recursos económicos, tardó varios años en licenciarse. Poco después, debido a problemas físicos, decidió dedicarse a la escritura de manera constante.

Durante 50 años escribió más de 80 libros. Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.

Fue miembro de la Sociedad Fabiana. Acosado por los achaques físicos que le habían perseguido a lo largo de toda su vida, tuberculosis y lesión de riñón, se refugió durante sus últimos años en su finca de Easton Glebe, dedicado a la revisión de sus obras completas.


H.G. Wells falleció el 13 de agosto de 1946 en Londres.