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Cuando no das la talla...


… pese a tus todos tus esfuerzos, a las eternas dietas o las sesiones agotadoras de gimnasio. Asúmelo, nunca serás como ella, esa en la que todo el mundo quiere que te conviertas. Te sientes culpable por el simple hecho de ser como eres. Te odias por no poder cambiar, por tener un cuerpo que tú nunca pediste y, sin embargo, te fue asignado en contra de tu voluntad. Luchas contra él, intentas someterlo, pero siempre gana. Aprovecha cualquier momento de flaqueza para convertir tus logros personales en derrotas humillantes. Cada vez que pasas delante de un espejo, tu reflejo se convierte en la mejor prueba de tu fracaso. Horrorizada, contemplas tu imagen, intentado averiguar de donde han provienen tantos defectos e imperfecciones que te impiden alcanzar tu ideal de belleza, tu felicidad. Apartas la mirada. Sientes que no puedes respirar y los ojos se llenan de lágrimas. Corres sin destino decidido, solo quieres huir tan lejos como sea posible. Ir a un lugar desierto, sin nadie que pueda verte, juzgarte o recordarte lo horrible que eres. No hay escapatoria, no hay salida, salvo una. Destruirte lentamente, consumirte hasta desaparecer, reducirte a la nada sin dejar huella de tu existencia vacía y carente de significado. ¿Qué sentido tiene la vida si no puedes ser como ella? Ella, siempre tan perfecta y hermosa, tan amada y ansiada. ¿Por qué no puedes ser como ella? ¿Qué estoy haciendo mal? te preguntas mientras la bascula continua descendiendo y tu inseguridad y miedo aumentan. Llegas al límite, pero quieres ir más lejos, todavía no es suficiente, nunca lo será… Porque jamás serás como ella. Deberías haber sido tu misma.
NO quiere decir NO



Resulta sorprendente como una palabra tan sencilla, de significado tan inequívoco y sin ambigüedades puede ocasionar tantos problemas de interpretación (y aceptación), especialmente para el destinatario de la negativa, quien, de forma desesperada, insiste en atribuirle muletillas como “quizás con el tiempo…”, “en un futuro podríamos ser algo más…”, “aunque ahora seamos solos amigos, siempre existe la posibilidad…”, o el clásico y sencillo “pero”, entre otras fórmulas similares. Todas ellas con un mismo objeto: negar la realidad, mantener una fantasía que solo sobrevive gracias a la esperanza y fe ciega depositada en un futuro incierto y un presente en continuo cambio. En cierto sentido, resulta admirable la convicción y el empeño de la otra persona por querer convertir la amistad en ese “algo más” tan ansiado. Sin embargo, siempre existe la posibilidad que los continuos halagos y atenciones ocasionen el efecto contrario al deseado y acaben alejándote de esa persona tan apreciada y querida. Cuando los sentimientos no son correspondidos, es mejor afrontar la evidencia y abandonar la causa. Engañándose solo se consigue hacerse daño, además de perder un tiempo (y dinero) muy valioso que podría haberse dedicado a encontrar a aquella persona que realmente puede llegar a apreciarte y, lo más importante, quererte como mereces. Un beso, un abrazo, una caricia o una sonrisa son gestos que pueden malinterpretarse y dar lugar a confusiones, pero un NO nunca tendrá otro significado que NO. Tendrás que resignarte.
Aguas peligrosas

La avaricia para no conocer límites y, ante su avance imparable, solo queda un lugar donde refugiarse. Oculta tras la ignorancia de su existencia, preserva su pureza original frente a la putridez del hombre. Allí permanece, intalterable y, en apariencia, a salvo. Sin embargo, la propia tierra que la guarda actúa como filtro de los vicios que se desarrollan en la superficie y, poco a poco, consiguen llegar hasta sus aguas, contaminándolas.
Su superficie parece tan plácida, sus aguas invitan a bañarse en ellas, nada indica el peligro que realmente representa. Incautos aquellos que lo encuentran y, desobedeciendo a la razón, se sumergen en el manantial, de donde emergerán convertidos. Cuando el infierno los deje regresar, lo harán para mostrar al mundo las consecuencias de sus actos, el precio a pagar por ellos.
Ahora debe encontrarse la fuente del mal, antes de que continúe extendiéndose, porque el manantial sigue creciendo, a la par que la maldad humana que lo alimenta, y pronto, muy pronto, sus aguas serán demasiados grandes para seguir conteniéndolas y, con ellas, la enfermedad que albergan. Debemos destruirlo...