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Perfecta

Cuando consigo abrir los ojos, él ya está despierto, observándome. Mentalmente  maldigo mi pereza, porque si me hubiese levantado unos minutos antes podría haber ido al cuarto de baño y arreglarme lo suficiente para mostrar un aspecto aceptable. Cualquier resto de sueño ha desaparecido. Siento deseos de taparme con la sábana, para que no pueda seguir mirándome, y llorar de impotencia. No puedo creer que me esté viendo en aquel deplorable estado. Enseguida pienso en todos los defectos que no he tenido tiempo de disimular: los parpados ligeramente hinchados, el pelo revuelto, el aliento matutino… ¿Anoche me quité el maquillaje o se ha corrido durante la noche creando una pictórica obra de rímel, polvo y carmín sobre mi rostro? ¿Qué pijama decidí ponerme? Por favor, que no sea aquella horrible camiseta que dieron gratis en aquella promoción ni el conjunto fuera de temporada y de oferta que me compró mi madre las navidades pasadas. Quizás pudiera mirar disimuladamente bajo las sábanas y comprobar lo grave que era la situación… Mala idea, mala idea. La visión de ambos cuerpos desnudos, lejos de proporcionarme cualquier tipo de placer ha incrementado mi pánico. No os confundáis, esta escena no es resultado de una noche de excesos y ahora toca el arrepentimiento del día siguiente. En absoluto, todo lo que ocurrió las horas previas al amanecer fue de manera completamente consciente y por voluntad propia. Es más, ahora que recuerdo algunos de los detalles más innombrables, aquellos que solo compartirías con tu mejor amigo y tras meditarlo mucho, no puedo evitar sonreír. Él me devuelve la sonrisa, todavía no ha dicho nada. ¿No esperará que sea yo la primera en hablar? ¡Por Dios, eso sí que no! Por la mañana tengo la voz ronca, y no me refiero a esa voz ligeramente áspera y seductora de las cantantes de soul o las locutoras de los programas de medianoche en la radio. No, me refiero a un sonido cavernoso capaz de asustar a los niños; podría doblar al personaje malvado de una película. Él, lejos de apreciar mi evidente incomodidad y darme espacio para pensar cómo salir de aquella airosa situación, decide acercarse. Si fuera hace calor, dentro de la cama la temperatura sube hasta niveles inflamables. Intento ignorar el intenso ardor que escala por mi cuerpo, al igual que sus manos, sin conseguirlo. Al principio son leves caricias, tan inapreciables que creo habérmelas imaginado. Luego, comienzan a posarse sobre mi piel desnuda con la intención de explorar cada rincón de mi cuerpo, viéndolo a través del tacto. Un familiar estremecimiento me recorre. Quiero apartarme, quiero desaparecer y no dejar ninguna huella de mi existencia en aquel lugar. Quiero… Quiero… Maldita sea, así es imposible pensar con claridad. La mente se me nubla en el momento que posa sus labios en mi cuello. Ahora entiendo que las mujeres se sientan tan fascinadas con la figura del vampiro y sea una de sus fantasías más recurrentes. Sus dientes me muerden sin atravesar la piel, succionan sin probar el dulce líquido escarlata, paladean la tibieza de la vida sin arrebatarla. ¿Resultaría blasfemo nombrar a Dios en esta situación? Sus manos por fin encuentran un rincón de su interés y lo exploran en profundidad. Sus largos dedos esculpen dentro de mí una obra maestra, tiene manos de artista y me lo está demostrando. Por supuesto, yo le indico los cambios necesarios para conseguir que sea perfecta. Entonces se interrumpe y yo protesto, aunque él tiene más motivos para hacerlo que yo. Apenas le he prestado atención desde que me he despertado, demasiado preocupada en detalles irrelevantes, cuando lo que debería haber estado haciendo es disfrutar de su compañía, disfrutarla en todos los aspectos. Sin embargo, él no está enfadado, aquella breve pausa solo representa el final del prólogo. Ahora comienza el número principal, con nosotros como protagonistas y sé de antemano que el final será feliz. Siento su cuerpo sobre mí, preparado para fundirse con el mío, pero no lo hace. Confusa por su indecisión, le preguntó el motivo con un leve arqueo de cejas que lo hace sonreír. Es obvio que eé también lo quiere, es más, no hace falta más que alargar la mano para sentir su deseo. ¿Entonces qué ocurre? Poniéndose serio, se inclina hasta poner su rostro a pocos centímetros del mío. Por primera vez, percibo su olor semejante al almizcle, una melodía olfativa compuesta por tonalidades ligeramente ácidas, pero también con una nota dulce, suficiente para resultarme irresistible. Tiene la respiración de un mamífero en celo, pesada y jadeante. Le suplicó con la mirada que continúe, pero no lo hace. ¿Por qué aquella tortura sin sentido? Finalmente, acerca sus labios a mi oído y me susurra: «Eres perfecta». Sorprendida, busco algún gesto que desvelé la ironía de sus palabras, pero en sus ojos solo hay sinceridad. «Perfecta», repite ahora mirándome a los ojos. Y perfecto es este momento.




Una familia feliz

 

Soy un hombre de rutina, anclado en viejas costumbres donde la familia siempre tiene prioridad por encima de todo lo demás. Algunos dicen que soy obsesivo y que mi incapacidad para aceptar los cambios resulta  perjudicial, no solo para mí, sino también para el resto de personas que me conocen y, de algún modo, que forman parte de mi vida. Siempre he procurado mantenerme al margen de este tipo críticas, incluso cuando provienen de mi mujer o de mis dos hijas. Tres mujeres asombrosas que consiguen hacerme sentir como el hombre más afortunado del mundo, aunque no son perfectas.
 

 Clara, mi mujer, siempre fue una mujer demasiado independiente y liberal. La idea del matrimonio nunca entró en sus planes de futuro; ella quería ser algo más que una simple esposa y madre. Tenía sueños y grandes esperanzas depositadas en proyectos  que nunca habrían funcionado. Ella jamás comprendió que la ilusión no es suficiente para salir adelante, tampoco paga las facturas o pone un plato sobre la mesa. En ocasiones pienso que me culpa y siente que el anillo que simboliza nuestra unión como en pareja es, en realidad, los grilletes de una cadena que cada año se le hace más pesada.  Por supuesto, nunca expresa este descontento de forma directa, ella prefiere mostrar su descontento de otras maneras.

Durante los últimos meses la he sorprendido, en varias ocasiones, con la mirada pérdida, soñando despierta, sin poder evitar que un suspiro lánguido escapase de sus carnosos labios. Una princesa obligada a permanecer encerrada hasta la llegada de su auténtico príncipe azul mientras un ogro (que soy yo) evita cualquier intento de huida, aprisionando su espíritu entre aquellas paredes, dejando que se marchite en vida.
 

Clara es  melodramática. Pienso que todo es culpa de aquel maldito curso de teatro que organizaron hace algunos años. Aquel director consiguió introducirle aquellas ideas de la capacidad abandonar el yo físico y otras gilipolleces similares, más propias de una secta lava cerebros con Ariel, que deja la ropa más blanca y los cerebros vacíos. Por supuesto, ella lo negó todo, argumentando que el director solo estaba hablando de la capacidad de convertirse en otra persona en vida. No pude evitar que se me escapase una carcajada. Resulta que ahora le daban charlas sobre resurrección. Seguro que lo siguiente hubiese sido realizar una donativo “voluntario” para el proyecto que, poco a poco, iría incrementándose hasta llegar un día del trabajo y descubrir que mi casa ya no me pertenecía, sino que la inteligente de mi mujer había cedido la escritura a un grupo de chalados que se paseaban desnudos y practicaban el amor libre en espera de que llegase una nave extraterrestre proveniente de Felizolandia o algún destino parecido para llevárselos a su planeta, donde correrían por prados sacados de los anuncios de compresas. Menos mal que estaba yo allí para sacarla de aquel grupo de lunáticos antes de que cometiera alguna locura. Desde entonces, Clara dedica su tiempo libre a actividades que pueden realizarse dentro de casa, donde no existe el riesgo de verse nuevamente influenciada por semejantes hipócritas que se aprovechan de su ingenuidad. En el fondo, sigue siendo aquella joven de la que me enamoré y cuya impaciencia fue la responsable de su temprana maternidad. Sí, mi intención era llegar virgen al matrimonio, conservarme casto para la mujer de mi vida. Sin embargo, consiguió tentarme. Clara fue mi Eva y su clítoris, siempre húmedo y dispuesto, mi fruto prohibido. O al menos lo fue hasta que cedí ante la lujuria de su cuerpo. Después del nacimiento de nuestra primera hija, Sara, mi princesa, no dejó que la volviese a tocar. Tuve que recordarle que, entre los deberes de una buena esposa, se encontraba la satisfacción del marido. Reconozco que me excedí aquella noche, pero el fin justificaba los medios. Desde entonces, nunca volvió a resistirse y se me entregaba de forma dócil. Si bien extraño su anterior dinamismo entre las sábanas, reconozco que su sumisión a mis deseos me resulta igual de excitante. Saber que posees la capacidad para hacer que otras personas hagan lo que tú quieres… Solo pensarlo consigue que se me ponga el miembro duro.
 

Comprendedme. Nunca he sido de grandes aspiraciones. Cuando era niño no deseaba convertirme en un hombre de negocios de éxito, jamás quise seguir el ejemplo de los grandes emprendedores como ese del jersey hortera o el otro que se tatúa el símbolo de su compañía en el tobillo. Es obvio que el poder en exceso corrompe el alma del ser humano, y yo no quiero eso. Siempre me ha gustado pasar desapercibido en el trabajo, no necesito que me reconozcan en ese aspecto. Nunca me han ascendido, y tampoco me ha importado. Estoy contento con mi puesto de “chupatintas”, como lo designan algunas personas que no entienden la importancia de mi función, pues cada trabajador representa una pieza esencial en la maquinaria de cualquier empresa, ya sea pequeña o grande. En mi caso, realizo funciones administrativas para una compañía de piezas de recambio. Básicamente gestiono los pedidos tanto por parte de los proveedores como de los clientes. Si yo no estuviese, nadie recibiría sus piezas cuando las necesita y el negocio no tardaría en arruinarse, pero eso al resto de mis compañeros de departamento no parece importarles. La mayoría llevan toda la vida allí trabajando y están aburridos de sus  puestos y sus interminables jornadas iguales a las del día anterior y el siguiente. Han perdido toda la ilusión y ahora solo esperan poder jubilarse para pasar sus últimos días sentados en un banco de cualquier parque dando de comer a las sobrealimentadas palomas, más parecidas a pavos en miniatura por su volumen.
 

Ahora, en plena recesión económica, el negocio está prosperando. La gente no puede permitirse comprarse un vehículo nuevo y procura conservarlo el mayor tiempo posible. Resulta curioso comprobar cómo una persona puede enriquecerse a costa de las desgracias ajenas. Conste que no lo digo por mí, yo no soy esa clase de persona, sino por mi jefe. A pesar de su carácter afable y su ancha sonrisa, casi tan amplia como su inmensa barriga y su enorme trasero que apenas cabe en la minúscula silla de su despacho (además tacaño, porque con todo el dinero que está metiéndose en los bolsillos podría comprarse un sillón decente, uno que dijese «Aquí soy yo el que manda.»,  estoy seguro de que no es lo que aparenta. Seguro que utiliza el dinero de la empresa para pagarse sus vicios, como cocaína o putas. Espero que un día sufra una sobredosis y lo encuentren ahogado en su propio vomito, rodeado de polvo blanco y un bote de viagra casi vacío, con las que conseguirá prolongar sus orgías gracias a la química de esas milagrosas pastillas azules. Sin embargo, parece que el resto de mis compañeros no se percatan de la doble personalidad de nuestro amado patrono. Todo el mundo afirma que es un buen tipo, un hombre simpático, una especie de Papa Noel en carne y hueso. Una panda de estúpidos incompetentes y lameculos. Por eso soy tan importante, porque soy lo bastante inteligente para percatarme de la verdad, mientras el resto se hace el subnormal y finge realizar su trabajo sin percatarse del auténtico hijo de puta que los tiene esclavizados 45 horas a la semana por un sueldo mísero. Aunque es lógico; si el viejo se lo gasta todo en sudacas y asiáticas para satisfacer su insaciable lascivia, normal que el margen de beneficios sea tan exiguo, incluso ahora que el negocio remonta.  Subidas de impuestos, quiebra de proveedores, facturas impagadas de los clientes… Todo excusas, pretextos para no ver la realidad. Ovejas que se dirigen dócilmente al matadero. Sin embargo, siempre hay lobos disfrazados con una falsa piel de cordero.

 
 

En realidad no me importaría ser rico, así podría dedicarle todo el tiempo a mi familia. Después de horas y horas colgado al teléfono, atendiendo a proveedores incompetentes y clientes impacientes a los que no dudaría en enviar al infierno. No solo verbalmente, sino que los cogería del cuello y los arrastraría hasta las mismísimas puertas, donde esperaría a saber el tipo de torturas que les tienen reservadas a todos esos mal nacidos vanidosos. El mundo sería un lugar mejor si pudiéramos deshacernos de esta basura humana. De este modo solo quedarían los ciudadanos respetables y excelentes cabezas de familias. Por eso me siento tan orgulloso de mantener unida a mi familia, un auténtico ejemplo para el resto. Procuramos cenar juntos todos los días de la semana, siempre a las nueve. De esta forma, tenemos tiempo para conversar sobre los acontecimientos del día. Por supuesto, Clara apenas abre la boca durante las comidas, porque siempre contaría las mismas aburridas anécdotas: «-Después de desayunar, recogí la mesa y fregué los platos. Cuando la cocina quedó limpia, puse varias lavadoras y, mientras esperaba que terminasen, pase la aspiradora por el piso de abajo…-» Las noticias de economía me provocan menos sopor. Por eso me vi en la obligación de hacerle saber que a nadie de aquella familia le interesaba su aburrida existencia de ama de casa y, si no tenía nada interesante que aportar a la conversación, mejor que guardase silencio. Ella obedeció. Ahora, apenas levanta la vista de su plato, solo habla para pedir algo de la mesa y sonríe con timidez cuando adulamos sus platos. Clara tendrá muchos defectos, pero reconozco su talento en la cocina. Puedo sentir la envidia de mis compañeros cuando saco mi fiambrera con la comida casera preparada por mi mujer, mientras ellos deben conformarse con un bocadillo o alguna cosa de la máquina expendedora. En nuestra casa siempre flotan los deliciosos aromas de un nuevo manjar. Reconozco ser un hombre de buen apetito que disfruta comiendo. Hace mucho que dejó de importarme el tipo y desde hace tiempo luzco una figura generosa, aunque no desproporcionada como la de mi «amado» jefe. Sin embargo, me preocupaba que Clara también engordase. Entendedme, un hombre puede permitirse descuidarse un poco, pero en una mujer, las consecuencias de este abandono siempre son más evidentes. Por ese motivo, Clara debe prepararse su comida aparte, mucho más ligera y nutritiva. Además, realicé una importante inversión para convertir una de las habitaciones de la casa en un completo gimnasio, donde pasa varias horas al día perfeccionando su figura. Tampoco me importa darle dinero para ir a la peluquería o al centro de belleza, y siempre que puedo la acompaño a comprarse ropa. Disfruto al comprobar la mirada de admiración de las dependientas cuando sale con algún conjunto que parece haber sido diseñado exclusivamente para ella. En las pocas ocasiones en las que salimos la paseo orgulloso, cogida de mi brazo, dejando bien claro a quien le pertenece. Si bien,los anillos deberían ser un aviso suficiente para cualquiera, siempre hay algún listillo que la mira más tiempo del necesario o se acerca con alguna excusa barata para poder hablar con ella. ¿Acaso le has visto que lleve un reloj? ¿O que sus dientes estén manchados de nicotina? ¿Crees que mi esposa en un puto GPS? Por supuesto, ella los ignora, dándoles a entender que es una mujer felizmente casada. Porque lo es. Sería una malnacida si no supiera reconocer todo cuanto he hecho por ella durante todos estos años. Además, yo le perdonado muchas decepciones, como que solo haya podido tener hembras. No penséis mal, quiero a mis hijas nuestra familia, pero sería mucho más feliz con un niño.

 

Cuando el doctor nos dijo que Clara no pondría tener más hijos todo mi mundo se derrumbo. Todos los abortos que había sufrido habían sido varones. Con Sara y Mónica nunca tuvimos problemas, pero era como si el cuerpo de mi mujer rechazara el cromosoma Y. Durante un tiempo tuve sospechas de que aquellas interrupciones habían sido provocadas. Clara pasaba muchas horas sola en casa, tenía tiempo (y medios) suficientes para fingir un accidente que dañase al feto lo suficiente como para que se desprendiese de la seguridad del útero y fuese expulsado a un mundo que lo esperaba con impaciencia, pero no de forma tan precipitada. Los resultados de las pruebas médicas eliminaron cualquier recelo, pero la verdad no fue menos dolorosa. Después del cuarto embarazo consecutivo, el riesgo era demasiado alto y tuvimos que renunciar a la idea de tener otro hombre en la casa, una pequeña versión de mí. Sin embargo, al igual que en anteriores ocasiones, no dedicamos tiempo a llorar al hijo que jamás tuvimos. Podría decirse que nos habíamos acostumbrado y, en realidad, aquella noticia fue una liberación. En parte al saber que la culpa no era mía, sino de ella. Siempre supe que Clara no quería terminar siendo madre, que este deseo había permanecido en su subconsciente, mostrándose a través de aquel rechazo físico, arrancado mi semilla de sus entrañas como si de una mala hierba se tratase. Eso era algo imperdonable.

 

Seguimos siendo un matrimonio ejemplar y nuestras hijas han crecido hasta convertirse en unas jóvenes guapas e inteligentes. En ocasiones me sorprendo mirándolas de la misma forma que solía mirar a Clara durante nuestros primeros años de enamorados. Al fin y al cabo, físicamente son el reflejo de su madre. Observé con impotencia cómo sus cuerpos comenzaron a adquirir las primeras curvas femeninas, sin que yo pudiese disfrutar de ellas, salvo con la mirada. Cierto que mis ojos se demoraban en exceso, contemplando el bulto de sus senos en crecimiento bajo la tela en jersey o la suave curva de sus caderas cuando caminaban, pero era la admiración propia de cualquier padre al comprobar que sus pequeñas habían crecido demasiado rápido. Simplemente no estaba acostumbrado a verlas de esa forma. Por desgracia, Clara no lo entendía. Jamás había osado levantarme la voz hasta aquella tarde, cuando me sorprendió espiando a nuestra hija mayor, Sara, quien había adquirido la mala costumbre de sentarse con las piernas abiertas, incluso cuando llevaba aquellos trozo minúsculos de tela que ella insistía en llamar «faldas» y la hacían parecer tan puta como su madre. Un día tendría que sentarme con ella para hablar muy seriamente sobre su alarmante pérdida de pudor. Los hombres, llegados a una edad, nos regimos exclusivamente por las hormonas. Sharon Stone supo aprovecharlo en “Instinto Básico”. Es más, ahora que lo pienso, los inexistentes tangas que lleva producen la ilusión de que debajo no hay nada, salvo un hueco húmedo y cálido que desconoce todo el placer que puede proporcionarle. Si fuese un chico podría enseñarle las mejores formas de obtenerlo, solo o en compañía. Sin embargo, ser padre de dos hijas te impide disfrutar de esta experiencia, recayendo toda la responsabilidad en su madre. Esto me disgusta, pues no la considero capaz de enseñarles lo necesario para complacer a un hombre. Seguramente les meterá en la cabeza todas aquellas absurdas ideas de «placer y satisfacción mutua». Quizás es la impotencia de saber sus propias limitaciones lo que la enfurece, pues es consciente de que, tarde o temprano, ellas acabaran por pedirme consejos. No tener la confianza de sus propias hijas la frustra y lo paga conmigo, inventándose esas horribles historias sobre mi malsana obsesión con las niñas. Es obvio que Clara está enferma. ¿Cómo no me he dado cuenta antes? Fácil, porque la quiero demasiado y mi amor me ha cegado durante demasiado tiempo. Ahora es demasiado tarde para curarla antes de que cometa alguna locura. Tiemblo al pensar lo que nos puede ocurrir y, todavía peor, lo que tendría que hacer para impedírselo.

 

Desde que soy consciente de su delicado estado de salud mental, también me he percatado de otros detalles igual de preocupantes. Si antes su silencio me resultaba agradable, ahora su mirada perdida me asusta. Quiero saber lo que piensa cuando se sumerge en sus ensoñaciones estando despierta, pero ella siempre contesta con un lánguido «nada». Mentirosa. Sé que me oculta algo, algo importante. Ojala pudiera abrirle su dura sesera   y violar su cerebro con mis manos, explorando entre capas y capas de recetas de cocina, cotilleos y sueños frustrados hasta alcanzar el secreto que se niega a desvelarme. En mis manos he sostenido toda clase de objetivos que me hubiesen servido para este propósito, algunos por su considerable tamaño y otros por la contundencia con la que impactarían sobre su cráneo. Sin embargo, cuando imaginaba su bello rostro destrozado por la fuerza del golpe, lo bajaba, para reprocharme después mi falta de cojones. Era obvio que la paternidad me estaba quitando mi hombría; antes no habría dudado en emplear la fuerza para conseguir lo que quería de ella, pero con las niñas me resultaba imposible. No me importaba que se quedasen sin madre. Siempre podría rehacer mi vida, tras unos años de riguroso luto, convertido en un viudo ejemplar roto por el dolor que llorase amargamente la pérdida de su querida esposa. Con todo,  pasado ese tiempo, guardaría todos los hermosos recuerdos que un día compartimos en cajas y después los llevaría al rincón más apartado del desván, donde  la humedad y los insectos se encargarían de borrar los últimos vestigios de su existencia. Al igual que los gusanos hacen desaparecer la carne de los huesos, mis esfuerzos conseguirían que las niñas aceptasen a su nueva madre. Alguien tan joven que podrían confundirla con su hermana mayor, con la que no se sentirían avergonzadas de su compañía y que sería, además, su mejor amiga. Además, Clara comenzaba a acusar los síntomas propios de la edad. Cierto que solo eran unas pequeñas arrugas, solo visibles tras concentrase mucho tiempo en una determinada zona del rostro, y su pelo ya empezaba a clarearse por determinadas zonas, sobre todo las sienes. Sin embargo, estos pequeños defectos acabarían por convertirse en daños irreversibles en su cuerpo, con independencia del dinero que invirtiese en repararlos. Una simple tirita en una pierna rota.  No, lo mejor era ahorrarle todo ese sufrimiento de ver como su belleza se marchitaba. Aparte de eso, el dinero me vendría muy bien para mi segunda boda. Por supuesto, tenía varias candidatas, mujeres del trabajo, casi todas becarias, incapaces de resistirse al atractivo de un hombre maduro. Si bien sabían fingir indiferencia, había sorprendido a varias de ellas mirándome con el rabillo del ojo, mientas se mordían con picardía el labio inferior o jugaban coquetamente con un mechón suelto de pelo. Reconozco que me he sentido tentado, sobre todo cuando se producen esos encuentros «casuales» en algunos de los rincones más íntimos de la empresa, los «picaderos»  como se conocían vulgarmente. Cuán difícil era ignorar aquel instinto primitivo por la carne fresca, recordándome que estaba casado.  Aunque puede que no por mucho tiempo…
 

Las niñas también empiezan a tener un comportamiento extraño. Si antes se mostraban respetuosas y nunca se habían atrevido a cuestionarme, ahora muestran una actitud rebelde. Me desobedecen continuamente, infringiendo normas tan sencillas como estar en casa a las siete, justo después de sus actividades extraescolares, o cenar todos juntos. Con frecuencia han cenado con gente a la que no conozco, aunque ellas afirman que son sus «amigas»  y su madre se lo permite, sin consultarme. Del mismo modo, los viernes noche, cuando celebrábamos nuestra noche familiar viendo grandes clásicos del cine o entretenidos con juegos de mesa, ellas prefieren ir al cine o, directamente, pasar la noche fuera. Tampoco quieren hacer nuestras excursiones de fin de semana al campo y, cuando consigo llevarlas, se muestran hoscas e irascibles, como si estuviesen siempre «en esa semana»Cuando regresamos, volvemos más enfadados y estresados, con ellas dos quejándose en el asiento trasero del coche, diciendo frases tan dolorosas como «Gracias por estropearnos otro fin de semana, papá». Malditas niñatas desagradecidas. Un día de estos… Algunos padres que conozco afirman que es normal, cosa de la edad. Sin embargo, yo sé lo que está pasando. Es Clara. Ella las está volviendo en mi contra. Aprovecha el tiempo que pasa con ellas mientras estoy en la oficina para meterles ideas raras en la cabeza, inculcándoles el mismo veneno. Debo impedirlo, pero no sé cómo hacerlo. ¿O quizás si?

 

Esta noche he decidido cocinar yo. Estoy de buen humor y quiero aprovecharlo para preparar mi gran especialidad. Cordero asado con patatas al horno, acompañado de una completa y nutritiva ensalada. Sin embargo, lo mejor es el postre, me he acercado a una pastelería cercana y he comprado una bandeja de pastelitos, pequeñas exquisiteces que proporcionan un gran placer, además de botes de litro que contienen helados de exóticos sabores como tarta de queso con salsa de fresa, dulce de leche, vainilla con nueces de Macadamia, chocolate belga con trozos de galleta o sorbete de mango. En el supermercado la cajera me preguntó si celebraba algo y acertó, aunque no se lo dije. Detesto a semejantes cotillas que intentan hacer más interesantes sus trabajos utilizando la vida de los demás. En cualquier caso, estoy tan feliz que decidí responderle con una de mis mejores sonrisas, incluso le dije que se quedase el cambio. Regresé a casa, donde mi familia (que bien suena decirlo) me esperaba impaciente. Desde aquella noche, cuando decidí tener una charla familiar con las tres, las cosas volvieron a su estado natural. Ahora todo era perfecto. Se acabaron las peleas, los chillidos, los portazos y otras costumbres igual de desagradables que comenzaban a forma parte de nuestra rutina habitual.  En nuestra casa solo había sitio para el amor, como siempre debería haber sido. Reconozco que fue más difícil de lo que inicialmente había planeado. Clara, como siempre se limitó a mantener la cabeza gacha y guardar un sumiso silencio, pero las niñas… Ellas se pusieron histéricas. Apenas había hablado, dándome tiempo a exponer los motivos de aquella improvisada reunión, cuando comenzaron a comportarse como si estuviesen poseídas. Chillaban al igual que las hienas frente a una nueva presa, soltando por la boca auténticas barbaridades. Durante un instante pensé que en cualquier momento empezarían a vomitar culebras vivas, cayendo al suelo todavía vivas para incorporarse y atacarme. Fue horrible. Me acusaron de crímenes horrendos, como maltratar a su madre o meneármela pensando en ellas. Tuve que poner freno a aquella locura antes de que las cosas siguiesen descontrolándose. Por primera vez en toda mi vida, tuve que pegarles. Sin embargo, repuestas de la impresión del primer golpe, volvieron a aquel estado demoníaco, obligándome a repetirlo, con mayor fuerza. Y así sucesivamente, hasta que ambas se calmaron y volvieron a guardar silencio. Bendito silencio. Por su parte, Clara no mostró en ningún momento intención de defenderlas, permaneció en el sofá, temblando como una hoja agitada por los vientos del cambio de estación. ¿Dónde está vuestra querida madre ahora?, pensé con sorna. Por supuesto, también tuve que darle una lección a ella, para que no volviese a ocurrírsele poner a mis pequeñas en contra de su padre, el único capaz de protegerlas, de evitar que sufrieran cualquier daño por parte de cualquier psicópata de los que ahora tanto abundan, disfrazados de ciudadanos ejemplares y padres de familia modélicos. Yo impediría que cualquier mal entrase en esta casa. Ese era el motivo de aquella improvisada celebración. Después de esta dura experiencia, ya nada podría separarnos, ni siquiera la muerte.

 


La mesa está dispuesta con la mejor vajilla y todos los manjares para aquella noche dispuestos según el orden en que deberán ser disfrutados. Llamo a la familia, que ha pasado toda la tarde en el salón viendo la televisión. En varias ocasiones han entrado en la cocina, intentando averiguar con que les sorprendería. Al igual que cuando eran pequeñas, he tenido que sobornar a mis hijas con galletas de chocolate, aún a riesgo de que luego no cenasen, pero estoy seguro de que tendrán suficiente apetito para devorar todo cuanto les ponga en sus platos. La felicidad proporciona un apetito saludable, incluso Clara tenía permiso para saltarse su estricto régimen aquella noche, aunque al día siguiente habría de comenzarlo de nuevo. Justo cuando estábamos todos sentados y me servía la primera ración, alguien llamó a la puerta. En un primer momento pensé que era alguna de las amigas de mis hijas, chicas sin educación que se presentaban sin avisar con la esperanza de que las invitásemos a cenar. Sin embargo, cuando las miré, ellas negaron con la cabeza, como si me hubiesen leído el pensamiento. Por supuesto, tampoco sería una visita para Clara, ella nunca las recibía, ni si quiera de su propia familia. Siempre éramos nosotros los que teníamos que desplazarnos casi a la otra punta del país para verlos, como si no quisieran tener ningún trato con su hija. Extrañado, decidí levantarme a comprobar quien podía ser a aquellas horas. A través de la cristalera de la puerta pude ver una luz que alternaba blanco y azul de forma interrumpida. Mi corazón comenzó a acelerarse. Rezaba para que estuviese equivocado, pero yo nunca me equivocaba y, por supuesto, aquella no sería la primera vez. Al abrir la puerta me encontré con dos agentes la policía, que me miraban  con gravedad desde el umbral.  Mi primer pensamiento fue que se habían equivocado de casa, pero después de los saludos de cortesía, preguntaron directamente por mí y ya no hubo margen para el error. Algo había ocurrido, algo malo. Entonces pensé en mi jefe. Quizás mis sospechas se habían visto confirmadas y había encontrado su cadáver como tantas veces me lo había imaginado. Estuve a punto de sonreír, pero reprimí mi alegría para más adelante, cuando no pudiera malinterpretarse ante la mirada suspicaz de aquellos hombres, tan paranoicos que veían sospechosos allí donde solo había hombres inocentes, como yo. Finalmente me dijeron el motivo de su visita y tuve que sostenerme a la puerta para no caer. Al parecer mis hijas llevaban faltando toda la semana al instituto. En otros casos no habría llamado la atención, pero dado que eran alumnas modelos que jamás se habían perdido una clase y nadie había informado a la dirección del centro sobre su ausencia, decidieron tomar las medidas oportunas. Si  instantes antes quería reír, ahora solo deseaba llorar. Pensaba que había conseguido arreglar las cosas, pero estaba equivocado. Mi familia seguía traicionándome. Furioso las llamé para que se explicasen delante de los agentes y los vecinos que comenzaban a congregarse en la calle. Quería humillarlas públicamente, que se sintiesen observadas y juzgadas como las brujas, linchadas por hordas de campesinos analfabetos antes de morir quemadas o ahogadas. Sin embargo, no vinieron. Otra muestra de desobediencia que ponía en entredicho mi autoridad en aquella casa. Cegado por la ira, di media vuelta y me dirigí al comedor llamándolas a gritos. Sin embargo, no pude entrar, impactado por la escena que me encontré. Las tres permanecían en el mismo lugar donde las había dejado, pero sus cuerpos estaban en posiciones extrañas.  Además, presentaban señales de haber sido sometidos a una extrema violencia. El rostro de Clara, siempre tan inmaculado y perfecto, estaba desfigurado a causa de los golpes y  con los rasgos irreconocibles. Aunque no era nada en comparación de las niñas. Sara tenía el cuello doblado en un ángulo imposible para seguir con vida, mientras que los brazos de Elena presentaban fracturas abiertas, con el hueso asomando de forma obscena a través de la carne desgarrada. Sin embargo, lo peor fue ver la sangre entre sus muslos. No era necesario ser un genio para saber lo qué les habían hecho.  Incapaz de apartar la mirada, me deje caer como una marioneta a la que le han cortado los hilos. Allí estaba mi familia. Alguien había aprovechado aquella breve ausencia para arrebatármelas. No sé cómo lo hicieron, ni me importa. Solo quiero que crean en mi inocencia. Jamás les habría hecho daño. A pesar de los vecinos, que afirmaban que aquella noche los gritos y los golpes alcanzaron una intensidad desconocida hasta entonces. O de las declaraciones de la psicóloga infantil, cuyos informes verificaban que mis hijas eran víctimas de abusos psicológicos y físicos en casa. O del desconsolado relato de la familia de mi mujer, describiéndome como un monstruo que le había arrebatado a su hija, prohibiéndoles verla a ella y a las niñas bajo amenazas que finalmente se cumplieron. Todos ellos unos cerdos mentirosos. Yo sabía lo que pasaban. Estaban celosos de mi felicidad y, aunque sabían quién lo había hecho, prefirieron culparme a mí. Por supuesto, el juez lo creyó y también el jurado, compuesto por un grupo de paletos incapaces de tirarse un pedo. Malditos hijos de puta. Algún día saldría y me vengaría de todos ellos. Sucias alimañas. Ellos me las habían arrebatado cuando volvíamos a ser una familia feliz. Porque lo éramos. Una familia feliz. Muy, muy feliz.
 
 
 
Génesis IV
 
 
 
Una vez curadas las heridas el siguiente paso era procurarme algo de comer. Ningún problema. Existían muchas formas de morir, pero de hambre no era una de ellas. la comida abundaba, solo debías saber dónde buscarla. Si bien la cantidad no era un problema, no podía decirse lo mismo de la calidad, sobre todo en las ciudades. Grandes superficiies, supermercados, tiendas de barrio, máquinas expendedoras y casas de particulares no eran buenas opciones. Por un lado, todas fueron saqueadas durante las primeras tres semanas. Por otro, todos eran espacios cerrados y, por ende, peligrosos. Era necesario disponer de un equipo que supiera moverse, sin dejarse presionar por la claustrofóbica sensación que imperaba en aquellos lugares. En una ocasión, me atreví a internarme sola. Una mala decisión, una locura. Además, el escaso botín con el que conseguí escapar no mereció el riesgo al que me expuse. La horrible sensación de vacío apenas disminuýó cuando hube terminado con todo, demasiado rápido para que mi cerebro asimilase que estaba comiendo después de tanto tiempo. Enseguida volví a tener hambre, pero no quise volver. No tenía sentido. Antes de ser sorprendida, pude comprobar que la mayoría de las estanterías estaban vacías, ofreciendo una imagen desoladora, mientras que las pocas reservas que quedaban no eran muy apetecibles. No me extrañaba que en unos meses desarrollansen apéndices y dejasen aquel agujero húmedo y oscuro para aventurarse en el mundo, donde tendrían que luchar por sobrevivir, al igual que el resto de criaturas. La imagen de patatas con largos y viscosos tentáculos o envases de precocinados que segregaban extrañas sustancias me persiguieron durante los siguientes días a mi saqueo. No conseguía quitármelas de la cabeza, quizás porque, a pesar de su asquerosa apariencia y su nauseabundo olor, mi mi mente los reconocía como comida y no comprendía que la hubiese rechazado tan fácilmente. Sentí la tentación de deshacer mis pasos, pero luché contra el hambre hasta arrastrarme (literalmente) lo suficientemente lejos para que me resultase imposible desfallecer en la vuelta. En mitad de una calle cualquiera, paré a descansar. Apenas habían sido unas decenas de metros y mi mochila seguí prácticamente vacía, pero me parecía como si hubiese vuelto a realizar el Camino con todo el equipaje de la primera vez, cuando todavía era una novata y pensaba que el secador o los botes de tamaño familiar de gel y crema acondicionadora para el cabello eran esenciales para mi existencia. ¿Cómo podía ser tan ingenua y superficial? Una de las cosas buenas que tenía aquella situación era la obligación de madurar y cambiar tus prioridades. ¿Acaso debía sentirme orgullosa por aquel cambio? No, porque no lo había hecho de forma voluntaria, sino obligada por las circunstancia. Si aquel cataclismo nunca se hubiese desatado... Detuve mis pensamientos antes de que continuasen por aquella peligrosa senda. El pasado era una amenaza tan real como cualquier del presente, incluso peor. Debía buscar una distracción, cualquier cosa que me apartase de los recuerdos que empezaban a tomar forma, adueñándose de mi mente como utmor crece en el cuerpo hasta hacerlo enfermar bajo terribles dolores y otros efectos igual de indeseables. El rugido apremiante de mi estómago me dio la solución. Sin perder de vista la calle en ningún momento, hurgue ne la mochila con la mano tullida, mientras que la buena acariciaba a Esperanza, siempre preparada para protegerme. Saqué lo primero que encontré. Una lata de conservas sin etiqueta, su contenido era un misterio. Aquello era como un juego de azar, podía tocarme cualquier cosa. Luchando contra el supuesto abre fácil (no diseñado para personas que solo conservaban tres dedos), me desveló su tesoro. Allí, nadando en almíbar, los colores de las diferentes frutas me impactaron como uno de esos cuadro modernistas incomprensibles salvo para los entendidos en la materia. Su fragancia, demasiado dulce y empalagosa como aquellas caras y sofisticadas fragancias que nunca había podido permitirme cuando el dinero todavía tenía valor, me mareó. No era el dulzor de la sangre, compuesta por pequeñas notas de otros olores superpuestos hasta crear aquel característico perfume que engalonaba a la muerte y al que me había acostumbrado hasta hacerlo invisble a mis sentido. No, aquel era el dulzón del azúcar. Azúcar y nada más. ¿Cuándo fue la última vez...? No, no y no. Nada de recordar. Acerqué la lata a mis labios y empecé a beber el jugo. Fue como probar el néctar de los dioses.
                            
Resultaba sorprendete la facilidad que antes existía para adquirir comida a cualquier hora. Eso si tenías la suerte de nacer en un país desarrollados, donde el desperdecidio era la norma. Por el contrario, si tu destino había sido una familia campesina numerosa de la India o vivir en un poblado perdido de algún desierto del basto continente africano... Supongo que su situación no habrá cambiado mucho y la carancia seguirá formando parte de su rutina. O todo lo contrario. Quizás los papeles se hayan invertido y, ahora, mientras nosotros agonizamos, sus sociedades prosperan en este nuevo mundo, donde cada día puede ser el último. Sentí un estremecimiento. Estaba tan ocupada en mi rutina que había olvidado por completo el motivo de aquel nuevo viaje. La muerte, aquella compañera incansable siempre queriendo hacerme una nueva visita. Y esta vez quería asegurarse de que fuese la última. Por eso me había visto obligada a huir de forma tan precipitada, ni siquiera había limpiado la sangre del baño o cerrado la puerta al salir. Señales inequívocas de que alguien había estado allí recientemente. Maldije mi error de novata. En un mundo que se había ido a la mierda, cualquier desliz podía costarte la vida. Quizás es una señal, pensé saliendo a la calle tras realizar las comprobaciones de rigor desde el portal. Quizás quieres que te encuentren, porque estás cansada. Reconócelo. ¿Cuánto tiempo crees que podrás seguir escondiéndote? da igual donde vayas, ellos ya estarán allí cuando tú llegués. Esperándote... ¡Calla! No me di cuenta de que había gritado hasta que los edificios colindantes me devolvieron el eco de aquella orden. En aquel silencio, mi grito era como una violación de la quietud reinante. Otro error imperdonable. ¿Qué me estaba ocurriendo? ¿De verdad quería morir? No tuve tiempo de reflexionar sobre esta pregunta cuando lo escuche. Un sonido que nada tenía que ver con mi voz. Aquellos que habíamos vivido los primeros días al desastre y todavía seguíamos vivos lo reconocemos sin problemas. El sonido de alguien, o algo, estaba acercándose.


Génesis (III)
 
Nadie se acostumbra al dolor, ni siquiera aquellos que hayan convivido toda la vida a su lado. Pro eso, mientrás coasí mis heridad procuraba controlarlo, sin resultado. Lloraba, rogando para que todo terminase lo más pronto posible, aunque sabía que no había nadie para escuchar mis súplicas. A causa de la pérdida de sangre, mis manos se había vuelto torpres y mis vomientos vacilantes, prolongando aquel sufrimiento hasta hacerlo insportable. En lugar de curar, dañaban todavía más la carne herida. Existen personas que poseen la capacidad de bloquearlo, yo no me encontraba entre ellas. Aspiré una profunda bocanada de aquel aire viciado y, reuniendo la escsa voluntad que me quedaba, realicé la última puntada. Confiaba que el hilo resistiese. Se trataba de una solución temporal, aunque chapuza era la palabra que mejor se le ajustaba. Nunca antes había cogido hilo y aguja. Ahora mi piel era un patrón en el que aprendía a cosar por necesidad. Observé mi obra con una mezcla de orgullo, alivia, desprecio e impotencia; consciente de que no aguantaría hasta que el tejido hubiese ciatrizado lo suficiente antes de retirarlo en otro proceso largo y doloroso. Sin mebargo, me sentía agradecida. A pesar del mal aspecto de la herida, no desprendía olor a queso curado que precedía a la gangrena. En una ocasión no conseguí encontrar refugio mientras huía por las montañas, las gélidas temperaturas y la nieve estuvieron a punto de acabar conmigo, pero conseguí cruzarlas antes de que fuesen demasiado tarde. Sin embargo, tuve que pagar un alto precio por mi osadía. Tres dedos del pie izquierdo, uno del derecho y otro de la mano derecha. Por fortuna, ninguno que fuese importante, al menos en lo que respecta a la mano. Los pies, en cambio, si se convirtieron en un problema. Desde entonces sufro de una leve cojera, nada especialmente llamativo o que pueda percibirse a simple vista, pero me limita en muchos aspectos. Siempre he sido una buena corredora, no a nivel de competición, pero tengo resistencia y, si me esfuerzo, también velocidad. En mi antigua habitación se acumulan los recuerdos de aquellas carreras. Pequeñas victorias donde lo relamente importante era superar, no posición al curzar la línea de meta. Ahora, la victoria más grande era sobrevivir, porque el premio era mi vida. Durante un tiempo opté por moverme solo de noche. las sombras me ofrecían protección en caso de verme sorprendida, el tiempo suficiente para preparar mi arma, apuntar y disparar. Sin embargo, también implicaba otros peligros. La oscuridad es el refugio de nuestros miedos, que adoptan las más diversas formas para atormentarnos fuera del mundo de los sueños, convirtiéndose en una mortífera realidad. Las criaturas de aquellas horas no mostraban la misma compasión que sus hermanos de día. Eran más crueles y sádicas. No se conformaban con matar, sino que necesitaban disfrutar haciéndolo. A pesar de mi reciente minusvalía, me obligue a convivir con ella. Aquellos meses fueron los más duros, porque tuve aprenderlo todo desde un principio. Si había conseguido crearme una falsa sensación de normalidad con mi rutina, está desapareció. Debía recuperarla, aunque ya sabía que no sería un proceso fácil, y mucho menos agradable. Pero antes tuve que realizarme mi primera intervención seria. Un violento temblor sacudió mi cuerpo ante aquel recuerdo, tan intento como el palpitar de la herida de mi costado.
 
Aquel edificio era el lugar ideal para realizar la operación, allí nadie me molestaría durante la misma y la que esperaba que fuese una larga convalecencia. Estaba decidida a hacerlo, aunque tampoco es que tuviese muchas alternativas. A mis pies reposaba todo el material que iba a necesitar. Era consciente de que iba a agotar todas mis reservas de penicilina, así como de antibióticos. Nuevamente me repetí que era necesario. El agua llevaba tiempo borboteando. Saqué con cuidado el cuchillo, procurando no quemarme. La hoja relucía limpia, casi parecía nuevo. Confiaba que el tiempo que había estado sumergido hubiese sido suficiente para desinfectarlo. nada era seguro. Podrían ocurrir tantas cosas, y todas mal. Aparté aquellos lúgubres pensamientos. Ahora no era el momento de vacilar. Contemplé mis pies. Los dedos muertos, quemados y ennegrecidos. Toqué uno de ellos con la punta del cuchillo, el menique del izquierdo, hasta hundirlo. Era carne muerta y, sin embargo, desprenderme de una parte de mi, aunque fuese tan pequeña, me resultaba inconcebible. Si ni siquiera me provocaba dolor, ¿por qué hacerlo? Pensé en olvidarme de aquella locura, guardarlo todo y dormir. Un par de horas de sueño me ayudaríana pensar y, por la mañana, verías las cosas desde otra perspectiva. es posible que encontrase otra solución, cualquiera excepto aquella. Me estaba engañando y lo sabía. Hazlo, me insté, hazlo ahora. Cogí con decisión el cuchillo y puse la hoja en paralelo a los tres dedos. Hazlo ahora, me repetí. ¡Hazlo ya!
 
 
Cuando desperté no sabía el tiempo que había transcurrido. ¿Minutos? ¿Horás? ¿Dias? ¿Acaso importaba? Por fortuna, no había soltado la toalla que envolvía el pie amputado tras desmayarme y la presión había conseguido detener la hemorragia. Sin embargo, aquellos no había terminado. Debía limpiar la herida, coserla, desinfectarla y vendarla. Después, tendría que repetir el proceso otras dos veces con el pie y la mano derecha. Esto va a ser un trabajo por partes, pensó. Puede que fuese el efecto de las drogas, ingeridas como caramelos al despertar, o la preocupante pérdida de sangre. O quizás se debiese al est´rés acumulado durante los últimos meses, por todas las penuarias que había tenido que sorportar, primero acompañada, luego sola. No sabría explicarlo, solo sé que aquel macabro pensamiento, lleno de humor negro, me provocó un ataque de risa. Al principio pensé que iba a vomitar, aunque ya lo hubiese hecho antes de caer insconciente y ya no me quedase nada en el estómago. Luego me di cuenta de que aquellos espasmos se debían a las carcajadas que estaban reprimiendo. Dejé que la risa fluyese con naturalidad. No recordaba la última vez que había disfrutado de aquella sensación. Reí hasta el agotamiento, creyendo que nunca podría parar, y no me importaba. Reía sentir las lágrimas recorriendo mi rostro, dejando surcos en la piel sucui que bien podrían simbolizar el tortuoso camino recorrido hasta llegar a este horrible momento. Reí hasta doblarme en el suelo, incapaz de respirar por el intenso dolor del costado, pensando que iba a romperme por dentro y nadie podría arreglarme, porque estaba sola, sola con ellos. Reía hasta sentir que mi cansada mandíbula iba a desprenderse por el esfuerzo y solo me quedaría la lengua colgándome como un repulsivo gusano, retorciéndose ante cada nueva carcajada. Reí... y paré. Todo terminó tan bruscamente como había empezado. Seguía en la misma posición en la que había despertado y trabajo por hacer. Vamos allá, me animé alargando la mano hacia el cuchillo. Aparte los tres pequeños trozos de carne y uña todavía sanguinolentos sin prestarles mayor atención y lo volví a sumergir en el agua con una mano, mientras que la otra apartaba la improvisada venda para comprobar la gravedad de mi chapuza. El fuego seguía encendido, apenas unas ascuas. Eso significa que no había transcurrido tanto tiempo como temí al principio. Aquella idea consiguió animarme y temí volver a reir sin control. Por fortunada, no ocurrió y continue con la cura. De hecho, fue la última vez que reí.
 
Ahora, mientras realizaba el último nudo al grueso vendaje que envolvía mi torso, no sentía ninguna ganas de reírme. La situación no tenía nada de gracioso que pudiera justificarla. De hecho, era mejor que fuese moviéndome. Mi sangre iba a atraer a unos visitantes nada deseables y quería estar lo más lejos posible cuando llegasen. Y sería pronto, muy pronto.
 

Génesis (II)
 
 

Mis manos enrojecidas por la vida que escapaba a través de las heridas. La observé, intentando desentrañar su misterio. Allí se encontraba la clave, en mi propia sangre. La cusa de todo aquel dolor, de toda aquella muerte. Y también la solución. Algún día conseguiría revertir el efecto y quizás, solo quizás, pueda devolver al mundo algo de todo lo que le arrebate. Por este motivo, debía luchar y seguir viviendo, para encontrar una cura. Luego todo se presentaba borroso. En primer lugar, dejaría de huir, ya no sería necesario. Es posible que me presentase ante ellos y ahorrarles la búsqueda. Sin trampas. No tendría sentido seguir engañándolos con viejos trucos que nunca aprendían, quizás por estupidez o por soberbia. Eso ya no importaría. El juego habría terminado, el jaque mate definitivo. Sin posibilidad de revancha o dobles oportunidades. Se acabó. El punto final de aquella historia que estaba durando demasiado para ambos bandos. ¡Cuanto deseba terminar con aquello y de qué manera me seguía siendo negado! La muerte, siempre tan esquiva para quienes la anhelaban. Cruel ironía. Me sorprendí sonriendo ante aquel curioso humor desprovisto de cualquier gracia. Apenas un leve movimiento de los labios, la caricia de un gesto inconcluso. Conseguí reprimirla. No debía mostrar emociones. Ninguna. Las pruebas de una humanidad que no tendría que existir, no después de todo lo ocurrido, había que ocultarlas y evitar que otros pudiesen descubrirla. Ante los demás, era el monstruo que querian que fuese. Cualquier sentimiento podía ser interpretado como una muestra de debilidad. En mi piel, el recuerdo de de aquellas experiencias siguen presentes a través de las cicatrices. Cada nueva herida refuerza mi fe en las normas, aquellas que nunca habían de romperse bajo ninguna circunstancia. La necesidad de creer en algo siempre es imperiosa, tan básica como alimentase o respirar.A falta de un dios, allí estaban ellas. Escritas para ser respetadas, sin discusión. Nunca las habría quebrantado y aquel no era el día más apropiado para empezar. Además, ¿qué conseguiría? Solo una muerte prematura. Para garantizar la supervivencia en aquel mundo, la obediencia era esencial. Establecer unas normas y seguirlas. Y aunque algunas estuviesen equivocadas, siempre era mejor que avanzar a ciegas. No existía peor ceguera que la propia y ya me había movido demasiado tiempo entre las sombras. Sin destino y sin una causa que guiase mis pasos. Cuento tiempo había desperdiciado en cavilaciones innecesarios, en recordar un pasado irrecuperable, en conservar esperanzas... Esperanza. Pronunciarla resultaba extraño, porque carecía de sentido, aunque de significado. ¿Cuántas personas habrían muerto conservándola? ¿Y de qué les habría servido? Ahora, sus cuerpos se pudrían bajo un sol mortecino y su alma bajaba condenada en aquel páramo infernal en que se había convertido la vida. Al igual que yo. Entonces, ¿qué me diferenciaba de ellos? ¿Por qué mi vida era más valiosa? Aquel aroma, entre salado y demasiado dulce, me lo recordó. Inundaba la pequeña habitación en la que me encontraba, como un perfume empalagoso y asfixiante. Mi sangre. Allí se encontraba la clave. La cura. La salvación. Y yo la estaba desperdiciando. ¡Estúpida!
 

Génesis
Aquel día, cuando despuerté, supe que iba a morir. No fue una sensación inexplicable ni una intuición que luego nunca se cumple, sino una certeza inquebrantable. Solo me quedaban veinticuatro horas de vida, puede que menos. Tenía que aprovecharlas si quería tener alguna oportunidad. Realizando un gran esfuerzo, conseguí desprenderme del abrazo de las sábanas e incorporarme. El dolor de las heridas más recientes evito que cediese ante la tentación de un sueño inconcluso. Al igual que el canto de las sirenas condenaba a los marineros hacia los afilados arrecifes que despuntaban entre las olas de un mar embrevecido, como los dientes de una criatura hambrienta e insaciable, la calidez que desprendía la tela ejercía sobre mi cuerpo una atracción irresistible. Su suave tacto contra mi piel completamente desnuda me recordaba las caricias de algún amante de mi pasado, aunque mi mente se negaba proporcionarle un rostro, ni siquiera un nombre. Quizás para evitar que su ausencia se hiciera más dolorosa frente a la soledad de mi presente. En una burda imitación de Lázaro incorporándose de su tumba, mis miembros reaccionaron con movimientos breves y espasmódicos, como si regresar a la vida después del sueño supusiera un acto desagradable, y puede que lo fuera. Algunas noches, cuando el desánmino era más fuerte que mi voluntad, deseaba cerrar los ojos y no volver a abrirlos nunca más. Sumergirme en una oscuridad tan densa que ninguna luz pudiera rescatarme y yacer rodeada de sombras. Al fin y al cabo, el mundo que conocía había cambiado, aunque lo más correcto era decir que había desaparecido. Incapaz de aceptarlo, la opción del suicidio resultaba tentadora, una liberación. Sin embargo, cada día volvía a despertar y me obligaba a seguir luchando. ¿Por qué lo hacía? Ójala tuviera respuesta. ¿Acaso era el instinto de supervivencia? ¿la imperiosa necesidad de perdurar cuando el resto ha caído? ¿El decir yo estuve aquí cuando no habie nadie más atestiguarlo? Siempre debe quedar algo... O alguien. Esa era yo. Una superviviente, aunque no por mucho tiempo. Veinticuatro horas, ahora menos que eso. Y el tiempo seguía corriendo, acabándose...

Manzana envenenada

Fruto prohibido que saboreas, regodeándote en el peligro de su sabor. En tus labios, el anhelo satisfecho. El final de una larga espera que pronto terminará para los dos. Destruyes su prfección con cada mordisco, haciéndola desaparecer. Conoces el castio, por eso te apresueras a esconder el delito. Sin embargo, sabes que tu condena fue dictada en el instante que posaste tus ojos en ella, deseándola. ¿Cómo no hacerlo?, te preguntas. En apariencia intacta, pura en su esencia. Ignoras el árbol que la sostiene. Podrido. Muerto. El color mortencino de sus hojas es un aviso, al igual que las cicatrices de su corteza. Entre las arrugas de madera se esconden las historias de lágrimas vertidas por las decisiones equivocadas. Las consecuencias de quienes no quisieron ver, cegados por su propia codicia. Nada les importaba, salvo la obtención del propio gozo y, en el egoísmo de su alma, caíste en la trampa de quién se deja tentar. El primer mordisco fue glorioso. Estabas exultante, te sentías victorioso, invencible desde ese momento. Aquel gesto te había proporcionado la inmortalidad. O eso creías. Sin embargo, la creencia jamás podrá sustituir al saber. Y cuando el suave dulzor que había aplacado tu siempe hambrienta curiosas fue reemplazada por intensa amargura, lo supiste y sentiste miedo. En su superficie apareció el primer gusano, rosado, gordo y repulsivo. Luego le precedió otro, otro y otro. No pueden verte, pero saben que estás ahí. Te buscan, y acabaran por encontrarte. La manzana comienza a marchitarse, corrompiéndose entre tus dedos. Nada queda de aquella aparienia sana y reluciente que simbolizaba la ida. En tus manos sostienes la muerte, Intentas alejarla, pero no lo consigues. Solo prolongas lo inevitable. Los síntomas comenzaon antes de que fueses conscientes de lo que estaba sucediendo, prólogo del futuro sufrimiento. Apoyas tu cuerpo casi desapareciedo en el tronco, que te proporciona una falta sensación de sustento, de seguridad. El enemigo difrazado de aliado. ¿Por qué no iba a protegerte? ¿Acaso no es el resultado de tus actos? ¿El símbolo de la vida que decidiste hace mucho tiempo? Tú pusiste aquella semilla en tu alma, aunque fuese de forma insconciente, dejándote arrastrar por tu ingenuidad. Sin embargo, la dejaste florecer. Jamás te planteaste dejarlo morir, sino que lo cuidaste, porque te sentías orgullo de el. Permitiste que sus raíces fuesen profundizando, hasta alcanzar un nivel tan recóndito de u alama que incluso tú desconocías. Nutriéndose de tus miedos, el árbol siguió creciendo, haciéndose cada vez más fuerte. Ahora recoges los frutos de tu cosecha y, mientras el veneno de tu corazón sigue extendiéndose, sus ramas te impiden ver el cielo y la salvación que éste te prometía. Todo parece irreal, incluso el suelo bajo tus pies. Parece tambelarse. La tierra tiembla y se abre en un inmenso abismo que te arrastra. Tu cuerpo se hunde, tu mundo se oscurece, y en tu boca permanece el sabor de aquella manzana envenanada.
Veronica Needs Love

Al igual que el resto de sus “amigos”, Verónica desconocía la verdadera identidad de “Wolf”, aunque tampoco le importaba. Desde su primera conversación en un cyber cercano a su casa, supo que era él. La sinceridad era la base de su relación y, después de varias semanas, no existían secretos entre ellos…Excepto uno. Nunca se preguntaron mutuamente por su auténtico nombre, tampoco se mandaron fotografías realizadas con el móvil o se pusieron la webcam. Por tanto, seguían siendo unos completos desconocidos el uno para el otro, aunque ellos negaban esa realidad, especialmente Verónica.

Al igual que muchas jóvenes de su edad, se sentía incomprendida por su familia (especialmente su madre), marginada por sus compañeros de instituto e invisible para los chicos. Estos últimos eran los peores. Siempre que había alguien que le gustaba cerca, se volvía más torpe que de costumbre, y ya lo era por si sola. Todo el mundo la llamaba ceniza por su costumbre (involuntaria) de tropezarse contra cualquier obstáculo, aunque fuese visible a kilómetros de distancia, o por derramar, sobre ella o sobre los demás, el contenido del vaso o plato que en ese momento sostuviese. ¿El resultado? El instituto entero decía que era gafe; que una gitana tuerta miró a su madre cuando estaba embarazada de ella y ahora sufría un mal de ojo irreversible; que intento hacer un ritual ouija y no pudo controlar al demonio que convoco, sufriendo una maldición por su irresponsabilidad…La gente tenía mucha imaginación. Lástima que solo la empleasen cuando querían atormentarla, es decir, siempre. Es cierto que muchas de aquellas historias las había propiciado la propia Verónica con su estética gótica. Si bien el look vampírico volvía a estar de moda, existían categorías que permitían identificarte como un simple fan de Crepúsculo y un freake gótico. Ella era una freake, aunque no se consideraba como tal. Sin embargo, lo que ella pensaba (o sentía) no le importaba a nadie…Al menos antes. Ahora, después de recibir respuesta a su angustiosa petición de atención, experimentaba la agradable sensación de significar alguien especial para otra persona que no fuese de su propia familia. Cuando escogió aquel nick, sabía que muchos lo malinterpretarían. Durante semanas recibió decenas de peticiones explícitamente sexuales (sin mencionar las imágenes que directamente enviaba a la papelera de reciclaje sin abrir el documento que las contenía). No es que el sexo no le interesase. ¿Qué adolescente no sentía curiosidad por experimentarlo en persona? Gracias a internet, no necesitaba las charlas a las que debía acudir cada trimestre, librando a sus padres y profesores de la vergüenza de tener que darles ellos mismos explicaciones. Sin embargo, la pornografía que brindaba la red le resultaba artificial, incluso la asqueaba. A pesar de su peculiar inclinación por el mundo de la oscuridad, Verónica era ardua lectora de los grandes clásicos de Shakespeare, Austen, Dickens, Vargas Llosa, Neruda, Lorca, entre otros. Todos, sin excepción, le habían enseñado que el amor tenía muchas formas de expresión, y ella había encontrado la suya. Amparada en el anonimato que te proporcionaba la red, podría ser cualquier persona… o ella misma. Cuando se conectaba, Verónica abandonaba aquella que todos querían que fuesen para mostrarse realmente como era, así como lo quería, al margen de deseos o expectativas ajenas. Verónica deseaba encontrar el amor, Verónica necesitaba sentirse querida, Verónica necesitaba amor, como aquella canción de los Beatles, “All you needs is love”. Verónica needs love.

Si Verónica hubiese prestado más atención al mundo real que al digital, habría sido más precavida y menos ingenua cuando conoció a “Wolf”. En lugar de angustiarse por no estar conectada, habría disfrutado de aquellas cenas con su familia que siempre consideraba una tortura, especialmente por la costumbre de su padre de poner el telediario para evitar los silencios incómodos en la mesa. ¿Por qué tendrían que importarle las desgracias ajenas cuando su propia vida era más que suficiente para llenar varios telediarios? Si hubiese prestado atención, todos aquellos reportajes sobre los peligros de las redes sociales, falsos perfiles, robos de identidad y un largo etcétera le habrían interesado y escandalizado, como a sus padres. Quizás entonces hubiese realizado mayores esfuerzos por saber quién se ocultaba realmente tras aquel nick, o quizás no le hubiese contado tanto detalles personales de ella y las personas que conocía, pudiendo chantajearla para evitar que lo desvelasen, convirtiendo su vida en un infierno mayor del que ya lo era (o ella creía que lo era). No, Verónica farfullaba entre dientes, maldecía mentalmente y jugaba con el contenido de su plato sin apenas probarlo (se había percatado que, a pesar de matarse de hambre, su cuerpo se estaba volviendo por días más gordo y deforme, como si el simple hecho de respirar la engordase). Nunca percibió el peligro al que se estaba exponiendo, por eso, cuando “Wolf” le propuso conocerse en persona aquel 14 de febrero, la señal que interpreto fue equivocada.

Aquel día, Verónica quería causar una buena impresión, y sabía que eso significaba dejar a un lado sus prendas oscuras y holgadas (prácticamente todo su fondo de armario), y opto por un conjunto más acorde con las fechas. Sus padres casi sufrieron un colapso al verla aparecer con vaqueros y una blusa roja. Ignorando sus miradas de desconcierto, cogió su desayuno (que por el camino tiraría en la papelera más cercana) y se despidió con un escueto “adiós”, sin dejar que se recuperasen de la sorpresa inicial ante aquella transformación. Cuando el sonido de sus pasos se hubo desvanecido, pudieron reaccionar, simplemente para volver a sus quehaceres cotidianos, sin concederle mayor importancia de la que se merecía, achacándolo a una nueva etapa propia de la adolescente. Verónica no era la única de su familia que pecaba de ingenuidad. 

Los móviles tienen muchas utilidades. Hoy en día, lo menos importante es que sirvan para realizar llamadas, esta función básica queda relegada a un segundo plano frente al resto de aplicaciones, como conectarse a internet o la posibilidad de grabar vídeos. Verónica nunca se sintió atraída por estos accesorios, que consideraba inútiles, incluso internet (¿de verdad era posible leer algo en aquella minúscula pantalla?). Sin embargo, reconocía su utilidad cuando necesitaba mentir. “Estaré en el cine. Después iré a comer una hamburguesa. Tendré el móvil apagado dos horas” (Obviamente, el mensaje estaba abreviado y para cuando su madre consiguió traducirlo, ella llevaba una hora esperando en el lugar de la cita). Sabiendo que tenía un margen mínimo de tres horas antes de que su tardanza pudiera alarmarles, espero con paciencia la llegada de “Wolf”. La emoción del encuentro consiguió acallar cualquier duda a medida que los minutos transcurrían sin que apareciese. Si bien, ¿cómo esperaba Verónica poder reconocer a alguien que nunca había visto? El problema fue que a ella si la reconocieron. No fue difícil. Demasiadas pistas, demasiados detalles inconfundibles durante aquellas charlas aparentemente inocentes. Sin saberlo, llevaban semanas persiguiéndola, asegurándose de haber encontrado la presa perfecta para su particular juego. Aquella noche, vestida de rojo y sujetando con fuerza el pequeño bolso contra su regazo, parecía una versión moderna de Caperucita Roja, pero dotada con la misma belleza cándida y el halo de inocencia que lo sedujo desde su primera conversación. Si, ella era la dulce niña desamparada, y él, el hambriento lobo feroz. Ven Verónica, deja que Wolf te enseñé el camino que te llevará a la casa, no de tu abuela, pero donde nos divertiremos igual todos juntos.

Verónica consiguió abrir los ojos después de varios intentos fallidos. Los párpados le pesaban, al igual que el resto del cuerpo. Tenía los miembros entumecidos, apenas podía sentirlos. Era como estar sumergida en un profundo sueño, con la mente a medio camino entre la inconsciencia y la realidad. Una intensa punzada de dolor atravesó su cabeza cuando intento incorporarla, con la esperanza de poder reconocer la sala en la que se encontraba. El miedo comenzó a invadirla. No solo se encontraba en un lugar extraño, sino que no estaba sola. A pesar de las sombras de aquella habitación, pudo sentir la presencia de alguien que la estaba observando. Una vez más, intento levantarse. Esta vez fueron las gruesas correas que la sujetaban las que se lo impidieron. Estaba atada. Peor, atada y desnuda. Sintió pánico cuando se percato de este horrible detalle. Grito a través de la mordaza que le cubría la boca (explicando la dificultad para respirar con normalidad que había experimentado al despertar), aunque sabía que nadie la escucharía salvo su captor, quién se regodearía con su miedo. Lucho contra las ligaduras que la mantenían inmovilizada contra aquella cama, lastimándose la piel desnuda. Verónica lucha. Verónica no te rindas. Verónica no deberías estar aquí. Verónica debes escapar… Su mente era un torbellino de pensamientos que la aturdían, aumentando su confusión y dotando aquella escena de un tinte todavía más irreal. Por desgracia, lo que Verónica no sabía es que muchas veces, la realidad supera la ficción, y que los peores monstruos no residen en nuestras pesadillas, sino que se ocultan bajo una apariencia de normalidad, esperando para mostrarse en su verdadera naturaleza. Aquel 14 de febrero, Día de los Enamorados, Verónica descubrió que el rojo no es solo el color del amor, sino también del peligro. El peligro que ella nunca percibió hasta que fue demasiado tarde. Y también del color de la sangre, su propia sangre.

Si hoy introduces en “Veronica Needs Love”, después de varias búsquedas infructuosas y resultados no relacionados, encontrarás una dirección IP con un servidor extranjero imposible de localizar, al estar en constante cambio, donde podrás disfrutar (siempre que puedas pagar para acceder al contenido) de una amplia selección de vídeos caseros de escasa calidad, pero cuyo contenido satisface las fantasías más censurables de sus usuarios. Allí la encontrarás, convertida en objeto de amor y obsesión para sus cientos de seguidores, que asistieron impasibles a su sufrimiento durante las semanas que duro su tormento. Ellos lo hicieron posible con sus visitas. Si bien, jamás sintieron remordimiento, pues se trataba de una prueba de amor. Cada uno de ellos quiso con locura a Verónica, aunque ella nunca lo supo. Finalmente, Verónica había obtenido el amor que tanto decía necesitar. “All you need is love” entonaba aquella canción. “All you need is love”.
Antojo

Cualquier luz, por muy débil que sea, siempre es capaz de abrirse paso en la oscuridad, permitiéndonos vislumbrar los horrores que se ocultan en las sombras de nuestras pesadillas, incluso cuando todavía estamos despiertos…

Apoyado en la puerta, sin atreverse a cruzar el umbral que, en aquella ocasión no se limitaba separar solo dos habitaciones, sino que representaba la frágil diferencia entre la realidad y la locura, contemplaba la dantesca escena. Sería difícil explicar lo que sentía mientras observaba a la criatura devorando su última víctima. Asiéndola con fuerza, casi con desesperación, se alimentaba, ajena a su presencia. Demasiada hambrienta para prestarle atención, concentrada en satisfacer aquel apetito, en apariencia insaciable, hendía el rostro en el torso de la joven, que seguía viva.


El estado de shock en el que se encontraba no le permitía apreciar la totalidad de la escena, afortunada ella. Él, por el contrario, habría de vivir torturado por aquel recuerdo. Su retina grababa con meticulosidad todos y cada uno de los detalles con la misma precisión que una fotografía capta un instante efímero, convirtiéndolo en algo eterno: el intenso color carmesí de la sangre, desplegándose por las sábanas como los pétalos de una flor madura que comenzaba a marchitarse; el embriagador aroma de la vida violentamente arrebatada, tan seductor como la más exquisita de las fragancias y por la que había que pagar un precio que pocos estaban dispuestos a asumir en sus conciencias; los sonidos que realizaba cada vez que conseguía separar la carne del músculo, primero un leve forcejeo, luego un ruido similar al papel rompiéndose-pues la vida es, incluso, más frágil-y, finalmente, el movimiento de las mandíbulas saboreando cada nuevo bocado, movimientos precisos, mecánicos, y al misma tiempo, toscos, como los de una tecnología obsoleta… Entonces ocurrió.

Apenas le quedaban fuerzas, las suficientes, y reuniéndolas con una voluntad digna de admirar, consiguió enfocarlo. Sus ojos habían estado muertos apenas unos segundos antes, dos fragmentos de cristal opaco que nada veían o reflejaban, pero ahora lo miraban acusadoramente. Él era el culpable que ella estuviese allí. Él la había secuestrado y arrastrado hasta aquel lugar para luego abandonarla en aquella habitación, donde hacía mucho que la estaban esperando. Él había permanecido impasible escuchándola pelear en vano por su vida. Y él, ahora, estaba demasiado asustado para hacer lo que era correcto. Con todo, ¿no estaba haciendo lo adecuado en realidad? ¿Qué podía saber ella? Nada, ella no sabía absolutamente nada. Si supiera el precio de su sacrificio le estaría agradecida, incluso se habría ofrecido voluntaria, pues se trataba de un acto de amor, aunque no lo comprendiese. Así de sencillo, no requería de mayor explicación. Todo cuanto había hecho hasta aquel momento era por amor, si bien muchos lo tildarían de locura. Si bien, ¿no es el amor una forma de locura? ¿No es la forma más hermosa y pura de demostrar tus sentimientos por la otra persona? Y si su destino era terminar siendo la próxima víctima, recibiría a la muerte como una amiga y la invitaría a tomar lo que, por derecho, le pertenecía desde el día que pronuncio sus votos ante Él. Dios sabría que no había pecado, y que su único crimen había sido cumplir con sus obligaciones, tal y como estaba escrito, respetando su palabra y obedeciendo sus deseos, pues lo que contemplaba no era obra del demonio, sin suya. Los caminos del Señor son inescrutables, se recodaba. Él había obrado el milagro que tanto tiempo llevaba deseando y ahora no podía rechazarlo, sino dar las gracias y hacer lo imposible para que su voluntad se cumpliese. Con estos pensamientos, la rabia que sentía se apaciguo hasta desaparecer. ¿Qué le importaba si ella no lo entendía? ¿O si lo acusaba de asesino con aquella pútrida mirada? Dentro de unos minutos estaría muerta y todo habría acabado… Hasta que su criatura volviese a tener hambre. Entonces todo comenzaría de nuevo.

La criatura comenzó a inquietarse, era obvio que su presencia la molestaba. Seguramente creía que estaba esperando la oportunidad para arrebatarle su presa y lo contemplaba con desafío. Su garganta emitió un sonido ronco, una señal de aviso, previniéndole para que renunciase a su propósito. Consciente de su agitación, y temiendo poder provocarla, decidió salir y dejarla tranquila. Midiendo sus movimientos, cerró la puerta y se dirigió a la cocina. A pesar de la escena que acababa de presenciar, su estómago vacío le recordaba que él también debía alimentarse. En la cocina registró los diversos armarios y cajones, buscando algo con lo que acallar el hambre. No encontró mucho, y lo poco que había hace tiempo que caducó o estaba corrompido. Hacía mucho que nadie iba a comprar, ni cocinaba, ni limpiaba, ni planchaba… La encargada de las tareas domésticas siempre había sido Claudia. Aclarar que él nunca la había obligado, no era esa clase de hombres que consideraban que el lugar de la mujer era la cocina, procurando mantener siempre contento a su marido con una actitud sumisa y servicial. No, él no era así. Claudia siempre quiso casarse con un hombre bueno que la hiciera feliz y, para agradecer esa felicidad que no creía merecida, procuraba ser una buena esposa, la mejor. Sin embargo, con el tiempo esto no fue suficiente. Claudia se sentía vacía, poco realizada, algo le faltaba. Cuando lo descubrió y se lo contó-pues siempre habían sido sinceros entre ellos, los secretos no existían en su relación-. Él la escucho y comprendió los motivos de su decisión. En realidad, hacía mucho que él también lo deseaba, pero no lo había dicho para que Claudia no se sintiese presionada. Aquella era una decisión que debían tomar juntos y que cambiaría sus vidas para siempre. Si bien, no imaginaban hasta qué punto lo haría.

Resignado, cogió las dos rebanadas de pan menos mohosas y las untó con mostaza por fortuna, la gran cantidad de aditivos y conservantes la mantenían tan fresca como cuando abrió el bote-. Una cena pobre, pero una cena al fin y al cabo. Con todo, seguía faltándole algo. Ignorando el sentimiento de culpa, saco un vaso limpio-o el menos sucio, según se mirase- y una botella casi vacía. Leyó la etiqueta con nostalgia, pues era la misma con la que brindaron aquella noche cuando supieron la feliz noticia-en realidad bebió él, Claudia se limitó a mojarse los labios con la elegancia de una reina-. Ahora, aquel recuerdo de alegría y esperanza se había convertido en una vía de escape del presente. Engañándose, diciéndose que solo lo hacía para acompañar el paupérrimo bocadillo, lo lleno hasta el borde. Consiguió dar unos cuántos mordiscos-y reprimir las arcadas-antes de llevárselo a los labios y tomárselo de un trago que le supo a poco. Justificando con que el pan estaba muy seco y la mostaza todavía picante, lo volvió a llenar, para vaciarlo antes de volver a probar bocado. Así continúo, hasta que el bocadillo quedo olvidado en un rincón de la mesa, mientras repetía el gesto de forma mecánica, cada vez más rápido, sin apenas tomar aire entre un trago y otro. El calor del alcohol lo reconfortaba. Sentía como se deslizaba por su garganta sedienta hasta el estómago, donde acompañaba los escasos restos de su opípara cena. Era como el tacto de la seda, suave y lujuriosa, despertando su deseo, nublándole la razón, haciéndole recordar…

Noche cerrada, fría y solitaria. Avanzaba por las calles como un fantasma, muerto en vida, había dejado de existir para el resto del mundo. Si vida era ahora Claudia… y los niños. “Tranquilos, papá no va a fallaros”. Con este pensamiento camino sin rumbo durante horas. Desconocía donde le llevaban sus pies, aunque tampoco le importaba, tan solo quería volver a casa lo antes posible, antes de que fuese demasiado tarde… “Por favor Señor,” rezaba acelerando el paso cuando el miedo lo invadía “ayúdame a encontrar aquello que necesito”. Entonces, como si hubiese escuchado sus súplicas, se detuvo bruscamente.


El local no se diferenciaba a cualquier otra tienda que hubiese visto a lo largo de aquella noche. Regentado por inmigrantes asiáticos, poseía un horario inusualmente flexible, propio de este tipo de negocios, con una gran cantidad y variedad de mercancía a precios escandalosamente bajos con los que el resto de comerciantes no podían competir. Contempló e interior a través del amplio escaparate. Estanterías abarrotadas, desorden, higiene cuestionable, ningún cliente… Aquel último detalle lo termino de convencer. Era una señal, clara e inequívoca. Abrió la puerta, dejando atrás la fría oscuridad que se había adherido a su abrigo, volviéndolo pesado y húmedo. Dejo que el calor le permitiese recuperar la sensibilidad de sus entumecidos miembros mientras caminaba entre por los pasillos, como si buscase algo. Para hacer más creíble su presencia, fue cogiendo productos al azar de los estantes, aprovechando para comprobar que realmente estaban solos. El dependiente, un hombre que, pese al cansancio evidente en su rostro, comprobaba con eficiencia las cuentas de aquel día, suspirando resignado ante los gastos y el escaso margen de ingresos obtenido durante la jornada. Apenas se dignó a saludarlo cuando entro. Llevaba mucho tiempo en aquel negocio y se había confiado, creía poder reconocer con solo un vistazo un cliente de un atracador, aunque aquella capacidad adquirida con los años no se extendía hasta los asesinos. Para aquel hombre, él no era más que otro hombre que se había visto obligado a salir de madrugada para satisfacer los extraños antojos de su mujer embarazada, con las perneras del pijama y las zapatillas de casa asomando bajo el pesado abrigo. Es cierto que la realidad no se encontraba muy alejada de aquella percepción, pero Claudia no quería chocolate belga relleno de caramelo, fresas cuando no era temporada o fideos chinos fritos con salsa de soja. Claudia tenía… necesidades especiales. Y nadie, excepto él, sabía lo difícil que era conseguir complacerla. Por eso no dudo cuando, tras dejar su compra sobre el mostrador, espero hasta que estuviese distraído para sacar la pistola. A pesar de haberla utilizado muchas veces durante los últimos meses, nunca terminaba de acostumbrarse a ella. Era como una malformación, un apéndice no deseado, un cáncer mortal… La detonación se escuchó brevemente por encima del hilo musical, unos segundos, luego el silencio volvió a imponerse. Bordeando el mostrador, contemplo el cuerpo del empleado para asegurarse que no había necesidad de volver a disparar. Un breve vistazo fue suficiente para confirmar que el tiro había acertado. El rostro del hombre era un cuadro que habría deleitado a los amantes del arte vanguardista, lleno de ángulos extraños y colores llamativos que confluían de forma caótica, conformando una grotesca caricatura de un rostro humano. Sus labios se movieron, formando una súplica silenciosa por aquella desdichada alma, ignorando la circunstancia que no profesaban la misma religión ni adoraban al mismo Dios. Cualquiera puede equivocarse, pensó con resignación.

-Mǎlíngshǔ? (¿Papá?)-.

Y él acaba de hacerlo.

Todos recordamos nuestra primera vez. Aquel verano que nuestros padres decidieron abandonar las clásicas vacaciones en el pueblo familiar y optaron por la playa, permitiéndonos contemplar finalmente el mar en persona, sorprendiéndonos y asustándonos con su inmensidad, para después dejarnos deleitar con el frescor fugaz de las olas en contraste con el cálido y áspero tacto de la arena. Nuestro primer beso, fugaz y torpe, demasiado rápido para disfrutarlo, pero lo suficientemente intenso para dejar una huella imborrable en nuestra memoria, pudiendo recordar, a día de hoy, el rostro y nombre de la persona que nos lo regalo sin conocer su importancia. Aquella salida que se prolongó más allá del límite paterno, la sensación de haber desobedecido y traicionado su confianza eclipsada por la emoción que conlleva el quebrantar las normas-y las cantidades indecentes de alcohol- Aquel adiós que significa “para siempre” y no “hasta luego”… Si bien era capaz de recordar todas y cada una de estas experiencias, recreándose en aquellas vivencias pasadas, sin que ningún detalle se viese afectado por el paso irremediable del tiempo; no podía-o no quería-traer al presente el rostro y nombre de su primera víctima, al igual que lo precedieron. Aquella laguna le resultaba incomprensible. Sus esfuerzos no conseguían disipar la niebla de sus recuerdos, tan espesa que su voluntad avanzaba ciega a través del paisaje de la memoria, para acabar pérdida entre formas difusas y, en cierto modo, peligrosas. Puede que fuese eso, una especie de mecanismo de defensa que su propio cuerpo había creado a fin de conservar la escasa cordura que todavía le quedaba. Sin embargo, en ocasiones le gustaría poder saber, aunque solo fuese un nombre, y así dedicarle unas palabras que consiguieran acallar la voz de su conciencia, una confesión que excomulgara la culpa que amenazaba con derrumbar los pocos vestigios que no se habían doblegado ante la evidencia: él era un asesino. Cualquier otra explicación no sería más que una excusa, una mentira convertida en verdad a base de repetirla. Claudia siempre se lo decía cuando lo veía flaquear, y, aunque no quería decepcionar a su familia, cada vez le resultaba más difícil negarlo. Consciente del frágil estado de su esposo, le había prohibido seguir visitando el lugar, y aunque se lo prometía constantemente, siempre faltaba a su palabra. Nunca llevaba nada que pudiera delatar sus intenciones. Un pobre diablo-templó al pensar en aquella comparación-, un hombre gris y anodino en el que nadie reparaba en su paseo por los senderos que discurrían entre los árboles, siempre majestuosos, incluso cuando el frío los despojaba de su elegante frondosidad, quedando sus ramas desnudas y alzadas hacia el cielo, no es gesto de súplica, sino desafiantes, dispuestas a seguir peleando. Ojala pudiera desvanecerse, convertirse en nada y, al mismo tiempo, seguir siendo parte de todo. Puede que lo hiciera. Era un buen sitio para descansar. Allí había tanta vida, tanta luz. Al contrario que su vida, convertida en un vórtice de sombras y muertes. Quizás por eso lo había escogido, si tuviera que elegir un sitio para reposar, para descansar finalmente en paz, sería aquel. Por desgracia, el lugar había sido contaminado, corrompido, adulterado, y él volvía a ser el responsable.

Cuando paseaba, sus pasos eran furtivos y la mirada siempre esquiva. Cualquiera que se hubiese detenido a observarlo habría apreciado estos detalles y hubiese sospechado. Por fortuna, el actual ritmo de vida no permitía el privilegio del reposo y el tiempo era un factor que tendía a atesorarse, en lugar de disfrutarlo. Por eso nadie había descubierto el secreto que se escondía en aquellos parajes. Allí reposaban, como piezas de un macabro tesoro que esperaba pacientemente que alguien lo descubriese. Cuando llegasen las lluvias, el agua purificaría el suelo, defecando los restos de sus crímenes. O puede que algún perro curioso, llevado por el instinto, excavaría y hallaría un festín digno de reyes: cráneos, fémures, húmeros, costillas… Un estudiante de traumatología dispondría de un material que pondría a prueba los conocimientos adquiridos en su facultad, siempre que consiguiese encajar las piezas de aquel rompecabezas capaz de desconcertar al mismo Sherlock Holmes. En todos aquellos huesos, las autoridades encargadas de investigar el caso- pues las habría-descubrirían señales de dientes, dientes humanos. A pesar de sus escasos recursos-en la realidad, nadie disponía de la tecnología que aparecía en las series de televisión norteamericanas, como C.S.I o Bones, si no que se encontraban limitadas por la reducción de presupuesto y los interminables trámites burocráticos-, conseguirían sacar un molde para comparar con su base de datos. Aquel sería un callejón sin salida, pues no encontrarían coincidencias. Si bien, no dejarían de insistir y optarían por examinar el registro de pacientes de los dentistas de la ciudad. Allí darían con una ficha dental que encajaría a la perfección. El siguiente paso sería encontrar presentarse en la dirección que consta en el informe. Un coche patrulla se desplazaría hasta el domicilio, los agentes subirían las escaleras-el ascensor seguía estropeado-, tocarían en la puerta y cuando escuchara el sonido del timbre… Punto sin retorno. El último recuerdo que tendría sería el asfixiante olor acre de pólvora mezclado con la sensación de dolor provocada por el calor de pistola disparada en su boca, pero solo después de haber acabado con Claudia y los niños, porque ellos eran solo víctimas inocentes y no merecían seguir sufriendo cuando él no estuviese. La familia debe permanecer unida, ahora y siempre.

Familia, una hermosa palabra, pensaba cerrando el maletero. Familia, una gran responsabilidad, subió el coche y puso las llaves en el contacto. Familia,… ¿un milagro? Dudo. Solo tenía que girar la muñeca para arrancar, un ligero movimiento que no requería ningún esfuerzo y que, en otras circunstancias, realizaba de forma mecánica. Ahora su mano permanecía quieta, negándose a moverse, al igual que el resto de su persona, vacilante. “No matarás” rezaba el octavo mandamiento, y él lo había incumplido. Llevaba mucho tiempo haciéndolo sin importarle, pero ahora vacilaba. Sus manos estaban manchadas, literal y metafóricamente. Pensó en sirope de fresa al ver la sangre fresca, nunca le había gustado. Su color era demasiado fuerte, su sabor muy dulzón. Odiaba el sirope de fresa, y odiaba matar. Lo odiaba. Aquella era la palabra. Odiaba matar. Odiaba ser un asesino. Odiaba a Claudia. Odiaba a los niños. Los odiaba y, al mismo tiempo, los quería. Los amaba. El amor que les profesaba era fuerte, más fuerte que el miedo o el asco que pudiese sentir. El amor le daba fuerzas donde solo había flaqueza. El amor lo guiaba cuando estaba perdido. El amor era el principio y el final de todas las cosas. Puede que eso hubiese ocurrido en el interior de aquella tienda. La joven, dejándose llevar por el amor hacia su padre, desoyó la amenaza que representaba el sonido del disparo, e ignorando su propia seguridad, salió a comprobar que, en realidad, se trataba de un engaño, una ilusión creada por su cerebro. Por desgracia, había sido real. El shock al comprobar que el padre, que tanto había amado y respetado, yacía a sus pies le facilito el trabajo. No necesito mucho para dejarla inconsciente. Un certero golpe en la base del cráneo fue suficiente. Él la cogió antes de que tocase el suelo, no quería seguir maltratándola si no era necesario. Su intención era llevársela en las mejores condiciones y presentarla en todo su esplendor a Claudia, quien apreciaría el detalle. La carne joven siempre era más tierna, su sabor más dulce y su sangre cálida. Debía reconocer que se asustó al verla aparecer, con su expresión preocupada y cautelosa, como un cervatillo. Sin embargo, enseguida vio el auténtico cariz de aquella situación. Dios quería que se la llevase a ella, el padre solo era un obstáculo, una prueba que había conseguido superar para obtener su auténtica recompensa. Eso significaba que seguía velando por él, ayudándole en aquellos tiempos tan difíciles, indicándole el camino a seguir… “No te decepcionare, señor” prometió en silencio enfilando el cruce que lo llevaba a su casa “Y a ti tampoco Claudia”.

-¿Claudia?

Ella lo observaba vacilante desde el pasillo, con expresión preocupada en su hermoso rostro. Temía que la rechazara, asqueada por su aspecto. La boca, pequeña y jugosa; las manos, hábiles y primorosas; el pecho y el vientre, ahora voluptuosos… Todo estaba cubierto de sangre aunque no era propia. Pertenecía a la joven que su marido le había traído para que pudiese alimentarse. Le dolían la mandíbula y sentía los dedos agarrotados. Sin embargo, lo peor era el hambre que todavía le atenazaba el estómago, una desagradable sensación que no desaparecía por mucho que comiese. Ignorando a su esposo y su propio sentimiento de culpa ante la debilidad de su carne, entró en la cocina con paso presuroso. Abrió la puerta de la nevera, donde guardaba la mayoría de sus provisiones. En el interior, un penetrante olor le impacto en pleno rostro. Con tristeza, recordó cuando todavía la asqueaba; ahora, en cambio, la tranquilizaba. Las tres estanterías estaban llenas de envases de plástico, todos ellos con sus correspondientes etiquetas que indicaban su contenido. Ansiosa, como una niña en una tienda de golosinas, paseo la mirada, intentando decidirse por uno. Sus dos pequeños protestaron por la tardanza. Claudia agarro la incipiente barriga que comenzaba a tomar forma, acariciándola con dulzura. No era aquello lo que esperaban, pero había sido demasiado. Demasiados años de falsas esperanzas, de intentos fallidos, de ir y venir de clínicas en las que solo recibían negativas... Por ello, cuando les ofrecieron aquel tratamiento experimental para la fertilidad, supieron que era su última posibilidad para poder formar una familia y la aceptaron, pese a las advertencias. Durante las primeras semanas de gestación no ocurrió nada extraño o por lo que mereciera preocuparse. Sin embargo, comenzaron los antojos. Todas las embrazadas los tenían, aunque los suyos eran un poco diferentes. Ella quería carne, solo carne, aunque no cualquiera. Durante algún tiempo consiguieron engañarlos, pero pronto se volvieron demasiado inteligentes y los descubrieron. Jamás olvidaría aquella noche, cuando sus propios hijos estuvieron a punto de matarla. Furiosos y hambrientos, comenzaron a devorarla desde el interior. Afortunadamente, su marido supo reaccionar. Sin detenerse a pensar en las consecuencias, pensando exclusivamente en su bienestar, consiguió lo que tanto querían. Ella nunca le pregunto cómo, aunque tampoco le importaba en aquel momento, pues su única preocupación era comer antes de ser ella quien fuese devorada. Después de aquello pensaron en la posibilidad del aborto. Aquella misma mañana fueron al ginecólogo y vieron por primera vez a sus pequeños. La ecografía estaba colgada en la puerta de la nevera, donde pudiesen verla todos los días al despertarse, recordándoles el motivo por lo que lo hacían. En la imagen aparecían dos tiernas criaturas, dos pequeños ángeles muy desarrollados para el poco tiempo de embarazo transcurrido, con unos ojos llenos de la inteligencia y experiencia propios de un adulto, así como de un extraño brillo animal, primitivo. Sin embargo, Claudia no apreciaba este último detalle, para ella no tenían ningún defecto, solo que eran un poco diferentes al resto de niños, solo un poco. A menudo no podía evitar preguntarse cuantas sorpresas más podían repararles. Y mientras pensaba en ello, apartaba tarros en los que se leía comida china, mexicana, española, italiana, japonesa, polaca… Afortunadamente, la sociedad actual era la suficientemente multi-étnica y multi-cultural para satisfacer los deseos de sus pequeños, por muy extraños que estos pudiesen ser. Si bien, ahora no encontraba lo quería.

- Cariño, ¿podrías traerme una cosa más?

A pesar de tener que salir prácticamente todas las noches para satisfacerlas, todavía se estremecía cuando la escuchaba hacerle aquella pregunta, porque significaba que tendría que volver a matar para que Claudia y los niños pudieran sobrevivir.

- ¿Podrías traerme…-él apretó cerro fuertemente las manos hasta que los nudillos se le pusieron blancos y contuvo tanto el aliento que el pecho comenzó a dolerle- un helado de chocolate?

- ¿Qué has dicho?-preguntó incapaz de creer lo que acababa de escuchar e intentado no llorar de alegría.

- Un helado de chocolate. Sé que es pedirte demasiado en una sola noche, pero es que tengo un antojo muy fuerte de algo… ¿dulce?.

Aún conmocionado, se acercó a ella e, ignorando la sangre aún fresca sobre su piel y su ropa, la abrazo y la beso con una pasión que ya no recordaba. Y mientras lo hacía, pensó que quizás no estaba todo perdido, quizás no era tarde y quedaba alguna esperanza, por muy pequeña que esta fuese.

- Enseguida vuelvo-le prometió dándole otro beso, esta vez más breve, pero no por ello menos intenso.

Claudia, todavía desconcertada, vio como se dirigía hacia la puerta. Cuando ya tenía la mano sobre el pomo y estaba dispuesto a salir, volvió a llamarlo.

- Una cosa más…

Podía haberla ignorado, hacer como que no la había escuchado y volver más tarde con el helado todavía frío, confiando que se hubiese olvidado; pero, si lo hacía, sabía que estaría condenando a Claudia a una muerte horrible y dolorosa, y los asesinos serían sus propios hijos.

- ¿Qué ocurre?

- Procura que el helado tengo esos trozos de bizcochos de chocolate que tanto me gustan.

- ¿Brownies?

- Exacto. Sé que es un antojo extraño-se disculpó ella.

- En absoluto, cariño. En absoluto.