Sinopsis: La segunda guerra mundial no sólo se cobró vidas humanas: el patrimonio artístico europeo fue también víctima de la barbarie nazi, que ejerció de forma sistemática el pillaje y el saqueo de obras de arte de todo tipo, incluidos cuadros de Miguel Ángel, Leonardo da Vinci, Van Dyck y Vermeer, robados para Hitler y otros dirigentes del nacionalsocialismo. En total, más de cinco millones de objetos fueron confiscados y trasladados a los territorios del Tercer Reich durante los primeros años de la guerra.

Para evitar la desaparición y el deterioro de ese enorme legado cultural, cuando la guerra encaraba su fase decisiva los aliados crearon la sección de Monumentos, Bellas Artes y Archivos, en la que hasta 1951 trabajaron algo más de trescientas personas de trece países distintos. En su mayoría no eran militares, sino directores de museos, conservadores, historiadores y profesores de arte que utilizaron sus conocimientos para recuperar, catalogar y devolver a su legítimo lugar cuadros, esculturas y retablos, y para proteger abadías, iglesias y otros edificios históricos de los estragos de la guerra.

Los miembros de la sección de Monumentos, conocidos como 
Monuments Men, encararon en aquellos años cruciales una carrera contrarreloj para salvar tesoros culturales de la destrucción, ejerciendo a menudo una labor detectivesca a través de documentos recuperados en catedrales bombardeadas y museos, y gracias a pistas conseguidas con la ayuda de la población local. Se convirtieron de este modo en héroes improbables sumergidos en el epicentro de la peor guerra del siglo XX, que arriesgaron sus vidas y en algunas ocasiones la perdieron, y que, como tantos otros que vivieron aquella época, personificaron el coraje que permitió que la mejor humanidad derrotara a la peor.

Crítica: Entre las ruinas de un futuro destruido por los bombardeos y tanques del enemigo, yace también sepultado el pasado de un pueblo ahora sin identidad. Los conflictos bélicos  no solo implican la pérdida de vidas humanas irremplazables, asimismo el patrimonio cultural e histórico se convierte en otra víctima de estos enfrentamientos armados. Sin embargo, la pérdida de estos monumentos no posee la misma trascendencia que la matanza de civiles en las zonas en guerra, especialmente cuando los muertos son mujeres y, en especial, niños. Con todo, caminando entre los restos carbonizados del zoco medieval de Alepo (Siria); los restos derruidos de las escasas mezquitas palestinas que habían conseguido resistir los ataques del ejército israelí; o las vitrinas vacías en los principales museos de El Cairo (Egipto) tras los saqueos de la primavera árabe, cabe preguntarnos si el precio que estamos pagando por la «libertad» no es demasiado alto.

Conscientes de la importancia de conservar este pasado para las futuras generaciones, se constituyó «The Monuments Men» -o también conocidos como los soldados del arte-.  Durante la Segunda Guerra Mundial, trescientos hombres y mujeres –la mayoría académicos sin formación militar ni recursos materiales y humanos para desarrollar su misión- arriesgaron su vida para preservar, e incluso recuperar el patrimonio artístico europeo ante el codicioso avance de las tropas alemanas.

Si recordamos, Hitler era un artista y arquitecto frustrado tras el rechazo de su solicitud para ingresar en la Academia de Bellas Artes de Viena. En su opinión, el comité de experto estaba constituidos por judíos que, con su negativa, lo condenaron a la miseria más absoluta durante una década. Posteriormente, y durante el ascenso del Tercer Reich, realizó una visita a Italia invitado por su aliado fascista Benito Mussolini. Las ciudades de Roma y Florencia consolidaron su idea de crear un imperio, sino también su propio destino pues «no había sido llamado a crear, sino a reconstruir. A expurgar para después recomponer. A convertir Alemania en un imperio, el mayor que el mundo hubiera visto. El más fuerte, el más disciplinado, el de más pura raza. Berlín sería su Roma, pero un verdadero artista-emperador necesitaba una Florencia. Y él sabía donde construirla». En la ciudad de Linz, Austria, donde se erigiría el Führermuseum, el mayor, imponente y espectacular museo de arte del mundo. Sin embargo, las instalaciones diseñadas por Albert Speer requerían una formidable colección artística que no disponían. De ahí las confiscaciones y saqueos no solo a la población judía, sino también a los países invadidos por su ejército a fin de cumplir los sueños imperialistas de su Führer.

Robert M. Edsel permite conocer el trabajo desarrollado por «The Monuments Men», poniendo en conocimiento del lector uno de los episodios más desconocidos –e infravalorados- de la Segunda Guerra Mundial a través de documentos oficiales, cartas personales y testimonios de los hombres que constituyeron aquel primer grupo de hombres dispuestos a sacrificar sus vidas presentes por un futuro donde el pasado tuviera un lugar más allá del recuerdo destruido. A pesar de ello, nos encontramos ante una reconstrucción parcial de los acontecimientos narrados, pues el propio autor reconoce en su prólogo que el libro se centra exclusivamente en los grupos estadounidenses y británicos, mencionado muy brevemente, por ejemplo, la división italiana que sufrió penurias mayores a la de sus homólogos ante la inmensidad del patrimonio a proteger y la absoluta falta de apoyo de sus autoridades.

Precisamente, la falta de objetividad del autor, que tiende a glorificar no solo las acciones, sino también a determinados miembros acaba por conseguir el efecto contrario, la animadversión hacia estos soldados de arte. Y es que resulta incoherente dedicar tanto espacio a la biografía personal y profesional de todos y cada uno de ellos cuando después la mayoría apenas tiene verdadero protagonismo, como el Mayor Ronald Edmund Balfour o los soldados Harry Ettlinger y Lilcoln Kirstein.  En realidad, Robert M. Edsel tiende a centrarse en el capitán Walker Hancock y el teniente George Stout, un menosprecio a la labor desarrollada por los demás integrantes de «The Monuments Men».

Además, el autor realiza constantemente juicios de valor, estableciendo claramente una división prejuiciosa entre los «buenos» –estadounidenses, ingleses, y en menor medida franceses- y los «malos»- alemanes, y posteriormente los rusos comunistas-. Es cierto que las tropas hitlerianas cometieron crímenes abominables durante el conflicto, pero describir a los ejércitos que lucharon contra ellas –y todos sus soldados- como hombres  de coraje, honor y respeto resulta hipócrita.  Durante la reconquista de Francia, miles de mujeres fueron violadas por los soldados estadounidenses, a quienes les vendieron el país galo como un auténtico burdel de mujeres fáciles deseosas de caer en los brazos –y satisfacer- a las tropas liberadoras. Es más, recordemos que Anthony Burguess escribió su novela más famosa, «La naranja mecánica», después de que su mujer embarazada fuese agredida sexualmente por un contingente estadounidense que asaltó la casa del escritor inglés.

Si leemos el libro con detenimiento, Robert M. Edsel solo menciona dos episodios: la destrucción de una colección privada abandonada por un general nazi y la violación a una joven alemana. En el resto de la novela resulta imposible encontrar cualquier referencia a un comportamiento incivilizado a fin de no perjudicar su imagen.  Nuevamente, el patriotismo del autor se antepone a la veracidad de los acontecimientos, convirtiendo «The Monuments Men» en material meramente propagandístico con el que enarbolar la bandera de barras y estrellas fuera de sus fronteras, tal y como sucedió hace pocos años con la invasión de Afganistán o Irak. 

En definitiva, «The Monuments Men» es la visión parcial y subjetiva de su autor sobre uno de los episodios más desconocidos- aunque relevantes- de la Segunda Guerra Mundial que, con objeto propagandístico, no nos hubiese extrañado leer en algún párrafo Sadam Hussein u Osama Ben Ladem en vez de Adolf Hitler, o las ciudades de Kabul o Bagdad sustituyendo a las ciudades de Linz e incluso la propia Berlín. Los prejuicios de Robert M. Edsel  y el excesivo patriotismo de la prosa convierten su novela convertida en ruinas literarias irrecuperables incluso para los propios soldados del arte.

LO MEJOR: La oportunidad de conocer uno de los episodios más desconocidos –e infravalorados- de la Segunda Guerra Mundial.

LO PEOR: La visión parcial de la historia, basándose en prejuicios y el excesivo patriotismo de su autor. La hipocresía de no mencionar los crímenes cometidos por las tropas estadounidenses.


Sobre el autor: Robert M. Edsel (1956), empresario petrolífero de éxito, decidió un día dedicar su vida a la divulgación del legado de los hombres de la sección de Monumentos. Es el fundador de la Monuments Men Foundation for the Preservation of Art, que recibió en 2007 la medalla nacional de Humanidades de Estados Unidos, y coproductor de The Rape of Europa, un documental, ganador de varios premios, sobre el expolio nazi. Es también autor de Rescuing Da Vinci, un repaso a lo ocurrido a través de fotografías de la época. La versión cinematográfica de The Monuments Men, que dirige y protagoniza el oscarizado George Clooney, se espera se estrenó en 2013.
Sinopsis: Kris Kelvin acaba de llegar a Solaris. Su misión es esclarecer los problemas de conducta de los tres tripulantes de la única estación de observación situada en el planeta. Solaris es un lugar peculiar: no existe la tierra firme, únicamente un extenso océano dotado de vida y presumiblemente, de inteligencia. Mientras tanto, se encuentra con la aparición de personas que no deberían estar allí. Tal es el caso de su mujer —quien se había suicidado años antes—, y que parece no recordar nada de lo sucedido. Stanisław Lem nos presenta una novela claustrofóbica, en la que hace un profundo estudio de la psicología humana y las relaciones afectivas a través de un planeta que enfrenta a los habitantes de la estación a sus miedos más íntimos.





Crítica:
Words are flowing out like endless rain into a paper cup
They slither while they pass they slip away across the universe
Pools of sorrow, waves of joy are drifting through my opened mind
Possessing and caressing me
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Images of broken light which dance before me like a million eyes
They call me on and on across the universe
Thoughts meander like a restless wind inside a letter box
They tumble blindly as they make their way across the universe
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Sounds of laughter, shades of love are ringing through my opened ears
Inciting and inviting me
Limitless undying love, which shines around me like a million suns
And calls me on and on across the universe
Jai guru deva, Om
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Nothing's gonna change my world
Posiblemente, el lanzamiento de la canción de The Beatles, «Across the Universe», es el intento más anecdótico –y poético- realizado por la agencia especial para establecer el ansiado contacto con una raza alienígena. Durante la celebración de su cincuenta aniversario, la NASA envió una señal auditiva con el célebre tema del grupo británico en dirección a la estrella Polaris, con la esperanza de conseguir una respuesta. Sin embargo, el silencio del universo solo es interrumpido cuando suenan las voces de Paul McCathey y John Lennon, sin que –en apariencia- haya nadie para escucharla.

El mensaje de Arecibo, el disco de oro de las Voyager, la placa de la Pioneer son tres ejemplos de la larga lista de infructuosas misiones especiales para demostrarnos que no estamos solos en el cosmos. Una obsesión acrecentada con la llegada del hombre a Marte, así como las pruebas que demuestran la capacidad del planeta rojo para albergar vida en el pasado. No obstante, pese a las numerosas teorías y reiterados –y costosos- intentos por contactar con otras civilizaciones, pocos son los que se han planteado las consecuencias que implicaría el conseguirlo.

Stanislav Lem reflexiona sobre esta cuestión a través del estudio del planeta «Solaris», formado por un inmenso océano protoplasmático –es decir, compuesto por una alta acumulación de substancias químicas disueltas en sus aguas- y un sistema binario de estrellas- dos soles, uno rojo y otro azul-. Durante la novela, el autor polaco alterna la narración de Kris Kelvin –un psicólogo enviado para analizar el extraño comportamiento de la tripulación en la única estación de observación- con fragmentos acerca de las investigaciones previas realizadas al planeta y- en concreto- su océano.



En este aspecto, «Solaris» difiere significativamente de otras novelas del género, en especial aquellas de procedencia anglosajona. Stanislav Lem dota a la historia de una sólida base científica que incrementa notablemente la credibilidad del relato ante el lector. «Solaris» bien podría clasificarse como un complejo ensayo acerca de importantes cuestiones metafísicas, pues nos plantea la viabilidad de separar el pensamiento de la materia. Es decir,  la existencia de una conciencia individual independiente de un cuerpo físico para garantizar su supervivencia.

De ahí la importancia de comprender el océano solariano, auténtico protagonista de la novela. A pesar de que la mayoría de la acción transcurra en la estación de observación, comprobamos la omnipresencia de este inmenso organismo y la influencia ejercida sobre sus tripulantes tras el «contacto» con esta entidad. Es entonces cuando Stanislav Lem profundiza en la psique humana a través de los «visitantes», recuerdos encarnados mediante el acceso al subconsciente cuando el equipo científico duerme.

Cuando Kelvin se reencuentra con Harey, su fallecida esposa, observamos un cambio en el tono de la novela. Si antes predominaba el carácter académico de la narración con detalladas descripciones acerca de las primeras exploraciones del océano, así como las divergentes teorías surgidas a partir de estos estudios inconclusos; después de los primeros encuentros entre ambos se vuelve un relato más intimista –o si lo preferís, más humano-.

Stanislav Lem analiza las consecuencias de un posible contacto a través de sus personajes humanos, pues comprobamos que la evolución de sus sentimientos hacia los  «visitantes» - miedo, rechazo, vergüenza, aceptación, etcétera- son perfectamente extrapolables al conjunto de nuestra especie.

Otro detalle muy significativo el intercambio de impresiones entre Kelvin, Snaut y Sartorius que llegan a plantearse precisamente el concepto de «humanidad» asociándolo con la existencia de pensamiento racional. Adviértase que, en principio, los dos únicos tripulantes rechazaban la presencia de Kelvin ante la posibilidad de que fuese un «visitante». Esa imposibilidad para distinguir entre lo «real» y el «sueño», entre el pensamiento consciente y el subconsciente –o los tres estados del  «yo»- nos obliga a plantearnos otras formas de inteligencia diferentes a la nuestras y, evidentemente, superiores. No obstante, esa superioridad se basa en nuestra propia incapacidad para comprenderla. De ahí que Stanislav Lem nunca nos revelé la identidad de los «visitantes» de Snaut y Sartorius, porque sería necesario conocerlos hasta un nivel de pensamiento que incluso ellos desconocen.

Un buen ejemplo de estas afirmaciones son las impresionantes formaciones marinas sobre la superficie del océano. Los «mimoides» son construcciones arquitectónicas biológicas a los que el protagonista intenta atribuir semejanzas con formas terrestres, precisamente ante la necesidad de otorgarle un significado conocido, una interpretación humana.

Si bien, Solaris es quien demuestra un mayor esfuerzo por establecer contacto con nosotros mediante la evolución observada en los «visitantes», en especial con Harey, quien accede realiza un gran sacrificio frente al egoísmo de los tres hombres, tal y como evidencia el siguiente fragmento:

«La decisión de quedarnos en la Estación no tenía nada de heroico. El tiempo del heroísmo había quedado atrás; el tiempo de las grandes victorias interplanetarias, el tiempo de las expediciones audaces y los sacrificios. Fechner, primera víctima del océano, pertenecía al pasado remoto. Ya casi no me preocupaba por saber quién era el “visitante” de Snaut o de Sartorius. Pronto, me decía, dejaremos de tener vergüenza de aislarnos. Si no podemos desembarazarnos de nuestros “visitantes”, nos habituaremos a esa compañía, viviremos con ellos. Si el Creador modifica las reglas del juego, nos adaptaremos a las nuevas reglas, aun cuando nos resistamos al principio, aun cuando uno de nosotros cediera a la desesperación y se matara. Tarde o temprano, se restablecería cierto equilibrio.»

En definitiva, «Solaris» es una de las pocas novelas que podríamos clasificar como perfectas en su género. Stanislav Lem ofrece al lector una sólida reflexión científica sobre las consecuencias de un posible contacto con una especie extraterrestre superior sin incurrir en los tópicos de la literatura anglosajona, sino optando por un relato cercano e intimista que no descuida la visión «humana» de la historia. Un equilibrio perfecto en el que se abordan cuestiones metafísicas, teológicas y el psicoanálisis para obligarnos a deliberar sobre la auténtica condición humana. Y es que recordando la advertencia realizada por Stephen Hawking cuando se le preguntó ante la posibilidad de establecer contacto con otras formas de vida inteligente, respondió que debíamos evitarlo pues «Sólo debemos mirarnos a nosotros mismos para ver cómo la vida inteligente puede convertirse en algo que no quisiéramos conocer».

LO MEJOR: Absolutamente todo.

LO PEOR: La mayoría de los lectores optarán por las novelas de ciencia-ficción anglosajonas, más orientas hacia el entretenimiento.


Sobre el autor: Stanislav Lem fue un escritor polaco nacido en Lwów (actual Lviv, en Ucrania) el 12 de septiembre de 1921 y fallecido en Cracovia el 27 de marzo de 2006. Es uno de los autores polacos más importantes del siglo XX, habiéndose traducido sus obras a cerca del medio centenar de lenguas. Dentro del género de la ciencia ficción es considerado como uno de los grandes escritores de todos los tiempos, y uno de los pocos que no escribió su obra en lengua inglesa. Durante la Segunda Guerra Mundial formó parte de la Resistencia a los ocupantes nazis, utilizando el sabotaje desde su puesto de soldador. Tras acabar Medicina empezó a publicar asiduamente, pese a la censura comunista. Lem escribió fundamentalmente, dentro de la ciencia ficción, sobre la tecnología y su uso futuro por la humanidad (por ejemplo en su popular Ciberiada) o sobre el contacto humano con formas de vida extraterrestres (siendo Solaris su novela más importante de esta temática).Solaris, su obra más leída y traducida, ha sido llevada dos veces al cine, en 1972 por Andrei Tarkovsky y en 2002 por Steven Soderbergh. 
Sinopsis: Publicada en 1896, entre «La máquina del tiempo» y «El hombre invisible», La isla del Dr. Moreau es una de las novelas más inquietantes de la literatura moderna, inscribiéndose de lleno en la crítica y ominosa intuición que H.G. Wells (1866-1946) desde muy pronto albergó respecto a los derroteros de la sociedad en la que le tocó vivir. La isla que da nombre al relato y los siniestros hechos de los que es escenario son, en efecto, una desasosegante parábola sobre el lado oscuro de la ciencia y también una sombría exploración de la esencia y los límites de la naturaleza humana.

Crítica: « (…) Entonces dijo Dios: “Produzca la tierra seres vivientes Según su especie: ganado, reptiles y animales de la tierra, Según su especie.” Y fue así. Hizo Dios los animales de la tierra Según su especie, el ganado Según su especie y los reptiles Según su especie. Y vio Dios que esto era bueno.

Entonces dijo Dios: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza, y tenga dominio sobre los peces del mar, las aves del cielo, el ganado, y en toda la tierra, y sobre todo animal que se desplaza sobre la tierra.” (…)» (Génesis 1:1-3:24)

A finales del siglo XIX, la comunidad científica británica debatía encarecidamente sobre la posibilidad de abolir la vivisección de animales. Los detractores la consideraban una tortura innecesaria que realmente pudiera favorecer el progreso científico, pues estas prácticas representaban un retroceso moral. El enfrentamiento entre defensores y censuradores  evidenciaba la paradoja evolutiva de nuestra especie, pues conforme hemos avanzado hacia la supremacía, renunciamos a nuestra humanidad hacia un estado salvaje, carente de cualquier responsabilidad ética sobre nuestros actos gracias a nuestra condición de dioses terrenales autoproclamados.

«La isla del Doctor Moreau» es una novela de ciencia-ficción en la que H. G. Wells reflexiona sobre los límites de la ciencia cuando la persona no pretende obtener otro beneficio que el personal, desoyendo cualquier implicación ética en sus investigaciones. Una temática que retomaría un año después con otra de sus obras más conocidas, «El hombre invisible».

La publicación estuvo acompañada de una gran polémica, siendo clasificada de morbosa, sensacionalista, entre otros calificativos. Además, se criticaba su falta de verosimilitud científica ante la posibilidad de que un hombre pudiese crear especies completamente nuevas mediante la alteración de su estructura básica introduciendo elementos de otras. O lo que hoy en día podría resumirse como ingeniería genética. Y es que los experimentos de Moreau siguen inspirando un amplio repertorio de historias en las que el hombre pretende emular la capacidad de su creador para dar vida -tal y como se hiciera “Frankestein” (Mary Shelley, 1818)- o cambiar la existente con objeto de satisfacer el propio ego, en libros o películas siendo «The Human Centripede» (Tom Hix, 2012) o «Tusk» (Kevin Smith, 2014) los ejemplos más recientes.

La novela empieza con un prólogo firmado por el sobrino y heredero del auténtico protagonista, Edward Prendick, quien afirma que este relato está extraído del diario escrito por su tío durante los once meses que estuvo desaparecido tras el naufragio de su barco. En este período de tiempo, Prendick nos describe su rescate por la tripulación del Ipecuanha, la relación del único pasajero a bordo –y su salvador- Montgomery, así como los primeros encuentros con su deforme sirviente, un nativo llamado M'ling. A pesar del rechazo que le provoca la visión aquel rostro de goyescos rasgos, Prendick no puede dejar de mirarlo ante la seguridad de haberlos visto antes en otra criatura.

Conforme avanza el relato, siempre narrado en primera persona, llegamos a la isla del doctor Moreau para descubrir los horrores que se realizan en «La casa del dolor». Allí, siempre amparándose en el ilimitado poder que la ciencia es capaz de proporcionar al hombre, la trastornada mente del científico realiza vivisecciones para dotar a los animales de «humanidad».

Las imágenes descritas por H. G. Wells amedrantan la racionalidad del lector en un despliegue de inquietante creatividad solo equiparable a la obras de artistas como Francisco de Goya, Jeroen van Aeken –o el Bosco-, Francis Bacon u Odilon Redon. El shock inicial se incrementa ante la elección inicial de escenarios nocturnos, en los que el predominio de las sombras del desconocimiento incita a una mayor confusión, tanto sobre el protagonista como en el lector, ante la incapacidad de identificar la auténtica forma de estas criaturas. La racionalidad de nuestra mente nos impide aceptar aquellos los sentidos perciben. La negación como única forma de protegernos ante la locura. Sin embargo, cuando hemos de aceptar la evidencia, la auténtica razón de que semejantes criaturas puedan realmente existir y –todavía peor- que uno de nosotros sea el responsable de su existencia, seguimos sin estar preparados para aceptar las implicaciones que conlleva. De ahí que Wells optase por formas cada vez más grotescas, entrelazando varias especies cuando previamente todas las criaturas se identificaban claramente con un único animal.

La intención del autor es abiertamente crítica, pues después de revelarle a Prendick la verdad acerca de los experimentos realizado en aquella isla, la ciencia no arroja luz sobre la inquieta moral del protagonista, sino todo lo contrario. A partir de entonces las escenas son mayormente diurnas, pero lo que se nos desvela resulta tan perturbador que hubiésemos preferido seguir viviendo entre las sombras, en el desconocimiento. Por esta razón los «humanimales» adquieren rasgos cada vez más exagerados, para recordarnos su horrible origen, así como su agónica existencia.

Es entonces cuando Wells profundiza acerca de las «diferencias» que nos conceden esa supremacía moral sobre el resto de las especies. Si analizamos con detenimiento la obra del escritor británico observamos la repetición de una serie de parámetros que tienen  por objeto la denuncia social, acorde con su ideología política de izquierdas. «La máquina del tiempo» menospreciaba la división jerárquica por clases sociales; «El hombre invisible» retomaba los límites éticos de la ciencia; y «La guerra de los mundos» representaba una alegoría contra colonización del Imperio Británico. En «La isla del doctor Moreau» pueden apreciarse la mayoría de estas temáticas, pues Moreau se muestra ante sus creaciones como una deidad terrenal, e incluso Montgomery muestra su ciega devoción a pesar del evidente rechazo hacia su «trabajo».

Obsérvese los constantes símiles entre el adoctrinamiento de Moreau con aspectos religiosos, desde las leyes que buscan reprimir los instintos salvajes de los «humanimales» -y que nos recuerdan a los diez mandamientos- hasta el discurso de Prendick sobre la capacidad del doctor para controlarlos, incluso después de la muerte –alusión a la muerte y resurrección de Jesucristo-.

Sin embargo, Wells no se limita a reprender el comportamiento del doctor, sino de toda la humanidad. La ciencia ha sustituido a la religión creando nuevos ídolos a los que se le conceden total impunidad a sus actos con la firme convicción de que obran para nuestro bien. Y cuando surgen las primeras voces críticas, rápidamente enmudecen ante la amenaza del rechazo social u otros terrores más primitivos, como el dolor basándonos en nuestro instinto de supervivencia. Curiosamente, serán los «humanimales» quienes demuestren un comportamiento más civilizado, pues durante su existencia animal desconocieron sentimientos tan propios de los seres humanos como el odio, la ira o la envidia. Estos engendros han sido obligados a renunciar a una coexistencia pacífica para convertirse en algo contrario a sus instintos. La civilización es represión, la obligación de adaptarse a unas leyes dictadas por hombres imperfectos con objeto de crear, paradójicamente, una sociedad perfecta. Adviértase esta ironía en los abusos sufridos por M'ling de la tripulación del Ipecuanha, quien posteriormente abandonaron nuevamente a Prendick en el mar pese a sus súplicas. O el pudor demostrado por las criaturas femeninas ante la presencia del nuevo huésped.

Es más, en los últimos capítulos de la novela Prendick menciona la percepción de rasgos salvajes en los habitantes de Londres. Si bien determinados lectores pudieran interpretar este detalle como el consecuente –y comprensible- deterioro mental del protagonista, nuevamente Wells alega a las evidentes semejanzas entre el hombre y el resto de especies. Al fin y al cabo, ¿no es cierto que el ser humano –u homo sapiens- desciende directamente del mono? ¿O acaso no tenemos más del 98% de nuestro ADN en común con los cerdos?

Si bien, no podemos evitar la sensación de encontrarnos ante la presentación de una novela con una premisa interesante, pero cuya brevedad impide el desarrollo completo de la trama. H. G. Wells realiza una sinopsis interesante sobre materias de gran complejidad por las cuestiones teológicas y metafísicas inherentes al argumento; con el obstáculo de que su propia prosa resulta misérrima  para el tratamiento de la historia a consecuencia de una narración temporal demasiado errática, en especial durante los últimos capítulos.

A pesar de ello, «La isla del Doctor Moreau» es una novela indispensable para todos los amantes de la ciencia-ficción. El cuestionamiento ético planteado por Wells hace reflexionar al lector sobre los límites de la ciencia - actual sustituto de la religión- y la responsabilidad que deben asumirse ante determinados descubrimientos, sin dejarse corromper por el poder de la falsa divinidad autoproclamada. Una magnífica alegoría sobre la decadencia social, la supremacía moral y, sobre todo,  la naturaleza violenta de nuestra especie.

LO MEJOR: Las cuestiones éticas planteadas por Wells. El inteligente uso de la iluminación de los escenarios, principalmente durante los primeros días de Prendick en la isla. El goyesco diseño de las criaturas conforme avanza la lectura. Los sutiles detalles que demuestran la ausencia de cualquier supremacía moral del ser humano sobre el resto de especies.

LO PEOR: La novela presenta una sinopsis interesante, pero la prosa de Wells resulta insuficiente para desarrollarla con la profundidad requerida. La narración temporal es errática, sobre todo en los últimos capítulos.

Sobre el autor: H. G. Wells nació en Bromley, Kent, como el tercer hijo varón de Joseph Wells y su esposa Sarah Neal. La familia, de la empobrecida clase media-baja de la época, lo llamaba Bertie. Tenían una tienda nada próspera comprada gracias a una herencia, en la que vendían productos deportivos y loza fina.

Un accidente infantil por el que se rompió la tibia y su larga convalecencia lo obligaron a permanecer durante meses en reposo. Con ocho años de edad, esta impuesta quietud propició el descubrimiento de la lectura y en particular, guiado por su padre, de autores como C. Dickens o W. Irving.

Cuando su padre sufrió un accidente que le impidió ganarse la vida como lo había hecho hasta entonces, Herbert y sus hermanos comenzaran a emplearse en diversos oficios. Fue así como, entre 1881 y 1883, llegó a ser aprendiz de una tienda de textiles llamada Southsea Drapery Emporium: Hyde's, experiencia que se ve reflejada en sus novelas.

En su juventud, Wells recibió una beca para poder estudiar biología en la Normal School of Science de Londres, y alejado del humanismo clásico, se situó en una posición más cercana a las ciencias, que le proporcionó buena parte de la energía creadora que nutrió su trayectoria como novelista.

Debido a su falta de recursos económicos, tardó varios años en licenciarse. Poco después, debido a problemas físicos, decidió dedicarse a la escritura de manera constante.

Durante 50 años escribió más de 80 libros. Su producción podría dividirse en tres etapas: la de novela científica, la familiar y la sociológica. La novela científica comenzó con el fin de la Segunda Guerra Mundial y se convirtió pronto en un género popular, y las escritas por Wells son obras maestras del género gracias a su interés científico, así como a sus sólidas estructuras estilísticas y a su prodigio imaginativo. Basta como ejemplo la primera de ellas, La máquina del tiempo (1895), en la que el inventor de la máquina puede viajar hacia el pasado o el futuro con un sencillo movimiento de palanca.

Fue miembro de la Sociedad Fabiana. Acosado por los achaques físicos que le habían perseguido a lo largo de toda su vida, tuberculosis y lesión de riñón, se refugió durante sus últimos años en su finca de Easton Glebe, dedicado a la revisión de sus obras completas.


H.G. Wells falleció el 13 de agosto de 1946 en Londres.

La batalla entre Atenas y Esparta está a punto de estallar.
¿Será posible detenerla?

En Enemigos, la guerra entre Atenas y Esparta se hace inminente. La legendaria maquinaria de guerra espartana parece invencible, pero los atenienses tienen más aliados de los que esperaban. La continuación de la saga futurista, Los juegos de la guerra, en la que un grupo de adolescentes  de las dos ciudades enemigas parecen dispuestos a evitarla a cualquier precio. Para ello se embarcarán en una aventura que redefinirá sus conceptos de amor, amistad y sacrificio para siempre.

Sinopsis: Tras aprender que han vivido en una mentira perpetua, que Atenas no es el centro del mundo y que los Juegos de la Guerra no son más que un cruel espectáculo amañado, Helena y sus amigos se encuentran ante otro problema, y esta vez es colosal: la guerra entre Atenas y Esparta es inminente, y solo ellos, un puñado de adolescentes de las dos ciudades enemigas, parecen dispuestos a evitarla a toda costa. Para ello se embarcarán en una aventura que redefinirá sus conceptos de amor, amistad y sacrificio para siempre.


«La serie de Lawrence tiene la fuerza de sagas como ‘Los Juegos del Hambre’ u ‘Olvidados’, pero con un componente mítico que la hace única.» The Fox Herald          


«Esta serie es la perfecta metáfora del paso de la adolescencia al mundo adulto: los chicos se dan cuenta de que no son el centro del mundo, pero también de que la gente que van encontrando por el camino es la que los hace crecer.» The Lincoln Chronicle          


«Es un placer acompañar a los jóvenes protagonistas en su viaje hacia la madurez. Sí, el camino es duro y está lleno de obstáculos, decepciones y dolor, pero también de compañerismo, superación personal y generosidad. Una bella y necesaria novela.» The Hercules Post          


«Es fascinante la complejidad emocional que poseen los personajes de ‘Los Juegos de la Guerra’. Han ganado en madurez, pero siguen teniendo esos destellos de egoísmo tan propios de la adolescencia, lo que solo los hace más humanos.» The Fox Herald          


Sobre el autor: Josh Lawrence está licenciado en Historia y, además, es escritor, conferenciante y colabora en diversas revistas de historia y misterio. Sus grandes pasiones, la historia antigua, la sociología y la narrativa, se aúnan en su primera incursión en el panorama literario juvenil; la serie Los Juegos de la Guerra es, además de una adictiva saga futurista, un relato que logra un equilibrio entre pasado y futuro, donde el ambiente opresivo imaginado por Josh Lawrence se convierte en el caldo de cultivo idóneo para la rebelión. Actualmente Lawrence trabaja en la tercera parte de la saga, que llevará por nombre Freedom.

¡Más literario, más alucinante, más steampunk!

Hace exactamente un año Tyrannosaurus Books presentó Ácronos, su primera antología steampunk en el marco de la I Semana Retrofuturista que se organizó en Barcelona. Una antología coordinada por Josué Ramos y Paulo César Ramírez, con la intención de dar voz a 14 autores nacionales y latinoamericanos. Tras la buena acogida de ese primer volumen, la editorial ha decidido publicar una vez al año una antología que recoja la voz de aquellos autores relacionados con el steampunk para dar a conocer esta tendencia literaria en nuestro país con la mayor dimensión y variedad posible.




El próximo 15 de febrero dentro del marco de la II Semana Retrofuturista de Barcelona, Tyrannosaurus Books presentará Ácronos. Antología steampunk. Vol. 2, antología coordinada por Josué Ramos, en Ateneu de Fabricació de Les Corts (C/ Novell, nº78, Les Corts, Barcelona) a las 16:30 h. Esta segunda entrega de Ácronos demuestra lo que el steampunk es capaz de ofrecer cuando se le aparta de la niebla que envuelve el Londres victoriano y se le aleja del western cargado de engranajes, imposibles máquinas de vapor y herrumbrosas ametralladoras, para llevarlo a nuevos terrenos sin perder su esencia.



Ácronos 2 es una excelente representación de la actualidad del género. Quince fantásticos relatos de autores internacionales de la talla de Eduardo Vaquerizo (La última noche de Hipatia), Concepción Perea (La corte de los espejos), Rodolfo Martínez (Los sicarios del cielo), Josué Ramos (Lendaria), y Rafael González (El secreto de los dioses olvidados), junto a Héctor Gómez Herrero, Paulo César Ramírez, Gloria T. Dauden, Ángeles Mora, Cristina Puig, Pedro Moscatel, Luis Carbajales, Laura López Alfranca y José Ramón Vázquez, apadrinados todos ellos por la gran dama del steampunk S.J. Chambers (La Bíblia Steampunk), cuyo relato inédito La Venus de Great Neck abre el presente volumen:


La Venus de Great Neck (S.J. Chambers)
Las hermosas Jaradalias (Gloria T. Dauden)
De cómo perdí la cabeza de mi padre (Eduardo Vaquerizo)
El silencio de Edith (Ángeles Mora)
Bajo la linterna (Héctor Gómez Herrero)
¿Estás ahí? (Cristina Puig)
Disparos en la niebla (Pedro Moscatel)
Laya (Josué Ramos)
Un residuo de humanidad (Luis Carbajales)
Jinetes de fuego (Laura López Alfranca)
Elección envenenada (Rafael González)
La revolución de los hermanos Serdán (Paulo César Ramírez)
Quattromilla Miglia (José Ramón Vázquez)
Retrópolis (Concepción Perea)
Te hemos seguido (Rodolfo Martínez)

Esto es Ácronos.

¡Esto sigue siendo Steampunk!


Sobre los autores

S.J. Chambers vive en Florida y ha publicado en una gran cantidad de antologías. La más reciente, en la nominada al World Fantasy Award Thackery T. Lambshead’s Cabinet of Curiosities (HarperCollins); y por primera vez en español en la antología Planes B. Volumen 2, como invitada en el proyecto Planes B. Además es coautora, junto al premiado Jeff VanderMeer, del nominado a Hugo y World Fantasy Award The Steampunk Bible (Abrams Image), recientemente traducido al español por Edge Entertainment. Escribe habitualmente en su blog personal: www.selenachambers.com.

Gloria T. Dauden (Gran Canaria) es licenciada en Publicidad y RR.PP. Ha sido publicada en las antologías Descubriendo nuevos mundos, así como en las de Escuela de Fantasía. En 2012 publicó La galería de espejos con 18 de sus relatos. Su última obra es Fae: el libro de las fantasías eróticas.


Eduardo Vaquerizo (Madrid, 1967). Ingeniero Aeroespacial por las mañanas y  escritor por las tardes. Ha publicado media docena de novelas y unos cincuenta cuentos que han merecido diversos premios, entre ellos cinco Ignotus. Sus novelas más conocidas, son Stranded (Punto de lectura 2004), en colaboración con Juan Miguel Aguilera o Danza de Tinieblas (Minotauro 2005), finalista del Minotauro 2005, Ignotus 2005 y Xatafi-Cyberdark 2005.

Ángeles Mora vive en Huelva y pertenece al colectivo literario Sevilla Escribe. El lado más oscuro de sus letras ha sido publicado en diferentes antologías: Monstruos de la razón II(Saco de Huesos), Monstruos Clásicos (H Horror), en varios números de Calabazas en el trastero (Saco de huesos) y en la antología Steampunk Steam Tales (Dlorean). También participó en las antologías benéficas Ilusionaria 2 y Cuentos de Ciudad Esmeralda.

Héctor Gómez Herrero. Natural de Navalmoral de la Mata (Cáceres), lleva escribiendo desde niño y ha sido finalista del Premio Ovelles Elèctriques en dos ocasiones, así como del V Círculo de Bardos y del V Concurso de Relato Mitológico de La Revelación, formando parte de los volúmenes recopilatorios de cada uno de dichos certámenes. Además, varios de sus relatos han visto la luz en antologías como Visiones 2007 y Visiones 2009; webs como NGC3660, Nanoediciones, Literatura Prospectiva y Sea breve, por favor; y magazines de género como Calabazas en el Trastero, Mitologías Urbanas y Planes B.

Cristina Puig Argente (Palma, 1978). Licenciada en Historia del Arte por la U.I.B. y Máster en Museología y Gestión del Patrimonio por la Universidad de Barcelona. Ha publicado diversos artículos sobre arte, y trabajado en diversos Museos e Instituciones Culturales de Mallorca. Ha participado en antologías como Ilusionaria o Legendarium. Es autora de la novela Crónicas de Erehländ (Kelonia Editorial, 2012) y de los textos del libro ilustrado de terror Pesadilla. Los Dioses Oscuros (Norma Editorial, 2013). www.cristinapuig.blogspot.com

Pedro Moscatel. Informático, músico y escritor. Ha publicado relatos en varios números de Calabazas en el Trastero (Saco de Huesos) y en las antologías Descubriendo nuevos mundos (FESFE) y Steam Tales (Dlorean). Ha publicado en solitario El rebaño del lobo (Setelee, 2011) y Ciencia y revolución (Libralia, 2014), y mantiene un blog en la dirección www.pedromoscatel.es.

Josué Ramos (Ferrol, 1987). Escritor miembro de AEFCFyT y de ESMATER y redactor de la revista retrofuturista El Investigador, hace varios años que le da especial atención al steampunk. Tras coordinar el primer volumen de “Ácronos” y editar su primera novela, en 2012 y 2013 publicó dos novelas steampunk: Ecos de voces lejanas y Lendaria. También administra el blog de noticias y reseñas www.mundosteampunk.net

Luis Carbajales ha colaborado durante largo tiempo en la organización de la revista pulp digital Los zombis no saben leer, que alberga entre sus páginas un buen número de sus historias, y ha aparecido en otras publicaciones similares. En otros campos de la escritura, ha publicado juegos y suplementos de rol con Nosolorol Ediciones, y de vez en cuando reseña el cine más cafre o chiquilicuatre en el mítico fanzine 2000 Maníacos.

Laura López Alfranca (Madrid). Ha publicado La otra cara del espejo con ediciones Babylon y La Tierra estuvo enferma... con Nowevolution Editorial. Además, se ha hecho un hueco en antologías como Ilusionaria 2. Actualmente, colabora habitualmente con Ultratumba, No lo leas! y Revista Romántica’s.

Rafael González (Madrid). Su primera novela El Secreto de los Dioses Olvidados, fue publicada en 2009 por la editorial Grupo AJEC. Desde entonces, ha colaborado en varias obras colectivas, incluyendo el primer volumen Ácronos, y publica relatos en la web No lo leas!, MeLibro y en OMNIA, la revista interna de la asociación Mensa, de la que es miembro.

Paulo César Ramírez Villaseñor (Guadalajara, México). Es Director General de la revista El Investigador dedicada a los retrofuturismos.  Promotor del steampunk en español y analista en general, siempre enfocado en cualquier proyecto que haga crecer el movimiento. Su primer relato fue publicado en 2013, en el primer volumen de Ácronos, del que fue coordinador junto a Josué Ramos. Para este 2014 publicará su primera obra.

José Ramón Vázquez (Segovia, 1985). En la actualidad está terminando su doctorado en física de altas energías. Ha publicado en antologías como Prospectivas, Antología del cuento de ciencia ficción española actual (Salto de Página), ganando el Ignotus 2013 a Mejor Cuento, o en la revista Artifex y en el primer volumen de Ácronos. Además, ha sido co-editor del blog Literatura Prospectiva y ganó el Ignotus 2013 a Mejor Novela Corta, con Osfront (Ediciones del Cruciforme), junto a Eduardo Vaquerizo y Santiago Eximeno.

Concha Perea (Sevilla, 1978). Es licenciada en Humanidades y tiene un Master en Creación Literaria. Actualmente imparte clases de creación literaria en colaboración con Casa del Libro y cursos con la Universidad de Sevilla. En 2010 empezó a escribir el blog La Corte de los Espejos, que acabó por convertirse en la novela del mismo nombre, publicada por el sello Fantascy, de Mondadori. Además ha participado como ponente en numerosos eventos literarios y es presidenta de la agrupación cultural Bibliofórum, de encuentros entre autores y lectores donde se debate sobre temas de la actualidad editorial y literaria.

Rodolfo Martínez (Candás, 1965) es uno de los autores indispensables de la literatura fantástica española, aunque si una característica define su obra es la del mestizaje de géneros, consiguiendo que sus obras sean difícilmente encasillables. Ha cosechado numerosos galardones a lo largo de su carrera literaria, lo que incluye el Minotauro 2005 y el Ignotus en varias ocasiones (en sus categorías de novela, novela corta y cuento).